¿Quiénes son los fascistas en Venezuela?

Roberto Álvarez Quiñones.

Se ha convertido en algo cotidiano y de muy buen gusto en las filas del chavismo acusar de fascista a cualquier opositor que ose criticar al gobierno autoritario de Caracas.

Se trata de la vieja táctica de descalificar al adversario político, no importa lo que diga, una práctica «revolucionaria» que Fidel Castro introdujo en Latinoamérica hace 53 años, pero cuya patente es de Karl Marx, quien la estrenó a mediados del siglo XIX cuando hizo comentarios racistas e insultó a Ferdinand Lassalle  porque él y la socialdemocracia alemana fundada por él (Lassalle) propugnaban la toma del poder político por la vía democrática de las urnas y no mediante una revolución violenta.  Marx se burló de la condición de mestizo  de Lassalle (tenía sangre judía y negra), de quien dijo que “siempre tapa su cabello lanoso con todo tipo de aceites y maquillaje”.

Posteriormente, en el congreso socialista de 1875 en Gotha, Alemania, Marx calificó de «parlamentaristas idiotas» a los socialdemócratas partidarios del sufragio universal. Muchos de sus artículos los escribió «contra» alguien y ridiculizó a fieles amigos. Arremetió contra el «dictador burgués» Simón Bolívar, a quien calificó de cobarde, desleal e inepto. Y estoy seguro que de  haber vivido más (Marx murió en 1883) habría insultado a José Martí porque el prócer cubano consideraba a la ideología socialista como «lecturas extranjerizas» que producen el espanto de «echar a los hombre sobre los hombres«.

Lenin calificaba de «renegado» al checo Karl Kautsky (uno de los más importantes teóricos marxistas) porque era partidario de la vía electoral para llegar al socialismo. Y Fidel Castro convirtió el insulto grosero en política oficial de Estado cuando en la Asamblea General de la ONU, en 1960, calificó de «burro» a Richard Nixon, vicepresidente de Estados Unidos, y «millonario analfabeto e ignorante» a John F. Kennedy, candidato demócrata a la presidencia.

También Castro llamaba «gusanos», «vendepatrias» y traidores a quienes en la Isla no pensaban como él. Y se cansó de llamar fascista al gobierno de Washington, costumbre que copió su alumno Hugo Chávez.

¿Saben los líderes chavistas qué es el fascismo? No lo creo. Pienso que no tienen idea de que socialismo (léase comunismo) y fascismo se parecen entre sí como dos gotas de agua. Son el mismo perro con diferente collar: que puede ser de derecha, o de izquierda.

Por algo los académicos soviéticos y de las demás naciones comunistas nunca realizaron un análisis comparativo para explicar por qué si el fascismo y el socialismo colocan el colectivismo por encima de lo individual, el Estado monopoliza todas las actividades de la sociedad, rechazan por igual la competencia capitalista, la libertad de prensa, propugnan la formación de un «hombre nuevo» y tienen un régimen de partido único, deben ser considerados como cosas diferentes.

Tampoco hoy ningún marxista quiere hacer la comparación. En Cuba, por ejemplo, en medio siglo nunca nadie ha tocado el tema siquiera. Y mucho menos los funcionarios «bolivarianos», desprovistos de acervo teórico para diferenciar un demócrata de un fascista. Pero ya en los años 20 del siglo pasado el sociólogo italiano Luigi Sturzo consideró que el fascismo era «comunismo negro» (por las milicias de camisas negras de Mussolini) y el comunismo «fascismo rojo«. En los años 40, Alfred Hayek, Hanna Arendt y Zbigniew Brzezinski, demostraron la simetría ideológica, política e institucional de dichos sistemas.

Desprecio por el individuo

En la teoría fascista y en la marxista no hay sitio para el individuo. Este es suplantado por la entelequia abstracta de «las masas» y «el pueblo». Los derechos individuales de hecho no existen. La individualidad como ente social desaparece –salvo los líderes del gobierno–, asfixiada por el  aparato estatal.

El fascismo rechaza la «democracia burguesa», el libre mercado, solo se permite el partido fascista. Se crean milicias y cuerpos paramilitares de fanáticos para hostigar o dar palizas a los opositores políticos, y se exige total obediencia de la población, que es adoctrinada para forjar el «hombre superior«, futuro protagonista de la sociedad perfecta.

Los regímenes fascistas y comunistas asumen el control total de los medios de comunicación y crean una colosal gran maquinaria de propaganda que machaca con la superioridad del fascismo o el socialismo, y exalta al líder supremo, que concentra todos los poderes del país cual emperador romano.

A propósito de Roma, al finalizar la Primera Guerra Mundial, aunque Italia fue uno de los aliados vencedores no recibió mucho crédito por ello. Benito Mussolini exacerbó ese resentimiento italiano e impulsó un nacionalismo revanchista que canalizó en 1919 al crear los «Fasci Italiani di Combattimento«, grupos armados que en 1920 pasaron a ser el Partido Nacional Fascista de Italia. Mussolini soñaba con un renacimiento del Imperio Romano y se inspiraba en los antiguos césares. Por eso levantaba su brazo derecho para saludar, como en la Roma imperial. Hitler luego haría lo mismo.

O sea, fascismo y socialismo poseen características muy similares. Se afincan en la manipulación ideológica y la represión física y psicológica. Siembran en la población el odio a un enemigo imaginario interno y externo para exacerbar el nacionalismo o alentar la «unidad revolucionaria» contra el imperialismo y reprimir a sus «agentes internos». Se identifica al líder supremo con la nación (Hitler, Stalin, Mao, Castro).

El fascismo no suprime la propiedad privada, pero las industrias son obligadas a producir lo que el Gobierno les ordena y quedan ensambladas al Estado. Los pequeños y medianos negocios se mantienen independientes, pero son sometidos a las directrices fascistas.

El Estado nazi intervino en todos los niveles de la actividad económica. Regulaba precios salarios, dividendos e inversiones y limitaba la competencia. En 1936 creó la Oficina del Comisario para la Formación de Precios para garantizar »precios económicamente justos», lo que eliminó el mecanismo regulador del mercado (la «mano invisible» de Smith).

«Papá Estado», fascista o comunista, controla la vida del individuo y lo libera de su «miedo a la libertad», al decir del filósofo alemán Erich Fromm.

‘Nada contra el Estado’

Mussolini resumía la filosofía fascista con una frase: «Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado».

En junio de 1961, en una reunión con los intelectuales cubanos en la Biblioteca Nacional, Castro repitió esa misma frase para trazar la política cultural: «Dentro de la revolución (léase Estado) todo, contra la revolución, nada, ningún derecho«. ¿Casualidad? No, el comandante en su juventud fue un admirador de Mussolini, según ha contado uno de sus profesores en el Colegio Belén, el sacerdote jesuita Armando Llorente.

En fin, luego de examinar la similitud del fascismo con el socialismo y su hijo putativo castrista, paradigma del chavismo, resulta ridículo que un dirigente del gobierno venezolano llame fascista a Henrique Capriles, o a cualquier opositor. Nada menos parecido a un fascista que un demócrata liberal.

En todo caso es la «revolución bolivariana» la que sí se aproxima a la intolerancia, represión, exclusión y estatismo fascistas. Sus líderes encajan mejor que los demócratas opositores en la definición de fascista.

No es un secreto que la táctica y la estrategia política del gobierno de Caracas se traza en La Habana, cuyo régimen «fascista rojo» —según Sturzo— es venerado por los líderes chavistas. Y dada la incapacidad intelectual, inexperiencia e ineptitud de Maduro, este será cada vez más dirigido por los hermanos Castro para construir el «Socialismo del siglo XXI».

En síntesis, que el núcleo duro del chavismo parece dispuesto a instalar en Venezuela una dictadura de nuevo tipo, con la existencia formal de instituciones democráticas pero sometidas, manipuladas  y maniatadas por el Gobierno,  con la bendición de la OEA y la penosa complacencia de los gobernantes populistas que hoy predominan en la región.

 

 

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