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De papá Estado al changarro

R. Álvarez-Quiñones

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11 de febrero, 2013

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De papá Estado al changarro

Roberto Álvarez-Quiñones.

Sálvese quien pueda, que papá Estado yo no da más”. Es esta la frase que  mejor expresa el significado de la ‘actualización” del modelo económico socialista cubano, ese tímido y lento  proceso que a tantos en este mundo les gusta llamar las reformas de Raúl Castro, quien ahora en febrero cumple cinco años como  “presidente” de Cuba.

La frase citada arriba es como una versión caribeña y más prosaica  de la genial definición que a escondidas del general  Jaruzelski  daban los polacos del comunismo en los años 80:   “Un largo y tortuoso camino que va del capitalismo al capitalismo”.

 Es clave tener en cuenta que la autorización “raulista” de oficios por cuenta propia –todos artesanales y ninguno  universitario–  no es cosa nueva. Es  un regreso en el tiempo al 13 de marzo de 1968, horas antes de que Fidel Castro decretase la confiscación de los 57,280 pequeños negocios que aún funcionaban en la isla y eliminase al 100% el sector privado en el país, desde los puestos de fritas hasta los  plomeros, afinadores de piano y limpiabotas (lustra zapatos callejeros).

Como han pasado tantos años, pasa ya casi inadvertido para muchos que en la Cuba castrista hubo pequeños negocios durante nueve años, hasta aquella tarde de 1968,  y todos pagaban impuestos regularmente. Y hubo economía de mercado durante casi dos años, hasta que en octubre de 1960  fueron confiscadas todas las grandes y medianas empresas privadas, medida con la cual Castro hizo trizas el socialdemócrata “Programa del Moncada” prometido por él  desde 1953, que no contemplaba la estatización de la economía.

En su alocución de aquel 13 de marzo  Fidel calificó a los cuentapropistas de “holgazanes en perfectas condiciones físicas, que montan un timbiriche, un negocio cualquiera, para ganar 50 pesos todos los días.”  Y  remató: “Debemos ir proponiéndonos, firmemente, poner fin a toda actividad parasitaria que subsista en la Revolución… ¿vamos a hacer socialismo o vamos a hacer timbiriches?”

Sin embargo, esos “parasitarios” timbiriches –que en México se conoce como changarros–  están de vuelta cuatro décadas después por razones de fuerza mayor, ajenas a la voluntad de los Castro. Pero, ¿es la solución para sacar a Cuba de las ruinas profundas en que la sumergieron el estatismo a ultranza y los disparates del Comandante en Jefe durante décadas?

Para empezar,  el  cuentapropismo no es otra cosa que el tipo de economía rudimentaria de subsistencia que había en el mundo antes de que al compás de la Revolución Industrial  se iniciase en el siglo XVIII la edificación del mundo  que hoy conocemos. El viaje del hombre a la Luna y el extraordinario avance económico,  tecnológico y científico logrado por la civilización,  corriendo ya el tercer milenio, no son hijos del pequeño taller artesanal y el changarro comercial que había en los tiempos de Juana de Arco.

Es como si en México  desde el gobierno de Adolfo López Mateos, hace medio siglo, se hubiese prohibido la empresa privada, y que toda inversión de capital y tecnología fuese estatal,  la burocracia gubernamental estuviese a cargo de todas las industrias, el comercio, la agricultura y los servicios de la nación, y de pronto la administración de Enrique Peña Nieto anunciase un gran programa económico para desarrollar el país consistente en formalizar la “economía subterránea” ya existente, cobrarle más impuestos, y adicionalmente se autorizara legalmente el trabajo por cuenta propia en ciertos oficios, todos de servicios (ninguno de carácter productivo), de los que estarán excluidos los profesionales y graduados universitarios.

Y todo ello sin prestarle a nadie un solo centavo para financiar su “negocio”, ni abastecerlos de nada, pues el Estado está en bancarrota,  pero se les permitirá que reciban pequeñas cantidades de dinero o suministros de sus familiares radicados en el extranjero.

Freno al progreso

¿Puede imaginarse alguien cuál sería el nivel de subdesarrollo y miseria que tendrían las naciones latinoamericanas con tales restricciones a la libre empresa y sólo se permitiesen changarros y estuviesen prohibidas hasta las empresas privadas pequeñas (más de 10 empleados y menos de 50). ¿Y qué desarrollo tendrían Estados Unidos, Alemania, Suiza, Australia, o Japón, a base de “tiendecitas” medievales?

En México, por ejemplo, según el Centro Pulso, de Accenture, hay unos 850,000 changarros en los que trabajan 1.7 millones de personas, para un promedio de dos trabajadores por unidad, que apenas ganan lo suficiente para no pasar hambre y vestirse.

Definitivamente la modernidad no fue la obra de  masajistas, entrenadores de perros, amoladores de tijeras, vendedores de coquitos acaramelados,  payasos para fiestas, cartománticas, reparadores de colchones viejos, restaurantes de 20 sillas como máximo, cuidadores de parques,  o floreros —y otros oficios todos muy respetables autorizados ahora en Cuba—, sino de la inversión de capital en gran escala, la aplicación de nuevas tecnologías, el empleo masivo, y la elevación constante de la productividad del trabajo.

Eso en China y Vietnam –países que siguen gobernados por partidos comunistas–, lo aprendieron bien con su experiencia estatista y por eso se abrieron a las inversiones extranjeras sin trabas, permitieron grandes empresas privadas, entregaron la tierra a los campesinos para que produjeran y vendieran libremente sus cosechas. Y de naciones casi semifeudales hace 30 años hoy son dos de las de mayor ritmo de desarrollo socioeconómico a nivel mundial.

Pero en Cuba eso no ha ocurrido por una razón muy simple: en  China las reformas económicas fueron emprendidas después que murió Mao Tse Tung, el “Gran Timonel” del comunismo chino. En Vietnam fueron iniciadas tres lustros después de la desaparición de Ho Chi Minh. Tampoco en la Unión Soviética la perestroika y el fin del comunismo fueron propiciados por Leonid Brezhnev o sus breves relevos igualmente cavernarios, Konstantin Chernenko y Yuri Andropov, sino por Mijail Gorbachov, un audaz reformista más joven y mucho menos atado al pasado soviético.

Oposición a reformas reales

En la isla caribeña, en cambio, gobierna la misma dinastía familiar que en 1959 tomó por asalto el poder, al que sigue aferrada contra viento y marea. Ambos hermanos Castro se oponen a cualquier reforma económica seria, y no para evitar que el “capitalismo explotador” regrese a la isla como reza la propaganda, sino para no perder un ápice del control total que tienen del país y de cada ciudadano, lo que les permite a ellos, sus familias, al generalato y a toda la cúpula dictatorial, vivir la “dolce vita”.

Dicho en otras palabras, no pueden esperarse verdaderas reformas en Cuba mientras gobiernen los hermanos Castro. No obstante,  ante las evidencias de que el barco comunista hace aguas, con medio siglo de retraso y la nación ya en ruinas ambos dinosaurios admiten de hecho que el estalinismo con su Estado a cargo de “lo humano y lo divino” en la sociedad fue un error,  y guardan en el closet  el discurso ideológico  paternalista de que en el socialismo el gobierno garantiza un empleo estable a cada ciudadano sin el temor a perderlo en una crisis económica cíclica, suministra a todos alimentos subsidiados a bajos precios, y brinda gratuitamente salud, seguridad social, educación, cultura, etc.

Así las cosas, serán despedidos más de un millón de trabajadores estatales (tarea que ha sido aplazada para no echarle demasiado vapor a la caldera social y provocar la desestabilización del régimen), sin que haya  aún un sector privado que pueda asimilarlos. Ya se cierran los comedores obreros y se van suprimiendo todas las gratuidades. La libreta de racionamiento de alimentos (desde 1962) desaparecerá lentamente y se harán más “racionales” los servicios médicos, la educación, los deportes y la cultura. Las empresas no rentables serán cerradas.

Surgen aquí algunas preguntas que circulan en las calles cubanas: 1) ¿Dónde quedan las promesas altisonantes del paraíso en la Tierra dibujado por Marx y Lenin en el que el Estado patriarcal daría bienestar a todos por igual?  2) ¿Tenían los cubanos que empobrecerse dramáticamente y carecer de las más elementales libertades en aras de “construir” una utopía que siempre fue la gran estafa de una casta militar sedienta de poder? ¿tanto sacrificio para al final  volver al “decadente’ capitalismo? ¿tanto nadar para morir en la orilla?

Por lo demás, no importa lo que se diga de los “cambios” propiciados por Raúl Castro,  la venta de casas o la posibilidad de viajar al extranjero.  Lo cierto es que en Cuba no hay reformas económicas reales. Para que las haya deben ser liberadas en grande las asfixiadas fuerzas productivas de la nación y abrirse las puertas al capital extranjero.

Obviamente, dada la pobreza imperante, los cuentapropistas sin duda han de hacer más “llevadera’ la vida en la isla. Son como la aspirina: no curan, pero alivian el dolor.

O sea, en Cuba únicamente asistimos a la transición lentísima del Papá Estado omnipresente y guevarista (ese era el sueño dorado del Che Guevara) al timbiriche acribillado a impuestos que a duras penas subsistía en la época de los Tres Mosqueteros.

 

 

 

 

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