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Las lágrimas de Obama

María Luisa Arredondo

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14 de diciembre, 2012

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Las lágrimas de Obama

María Luisa Arredondo.

Las lágrimas que a duras penas trató de contener el presidente Obama al expresar sus condolencias por la matanza en una escuela primaria de Connecticut que dejó casi 30 muertos, en su mayoría niños, seguramente fueron sinceras y por ello conmovieron a más de uno.

Pocas veces tenemos la oportunidad de ver a un jefe de Estado mostrar su lado humano como lo hizo este viernes Obama. En su breve comparecencia ante la nación, el jefe de la Casa Blanca no habló como mandatario sino simplemente como un padre de familia que, al ponerse por unos segundos en los zapatos de quienes perdieron a sus hijos de manera tan trágica, no puede sino llorar.

“Nuestros corazones están rotos”, dijo con la voz quebrada Obama. Y tiene razón. Ante esta nueva tragedia que enluta al país nos quedamos sin palabras para poder enviar un mensaje de consuelo a las docenas de familias que hoy sufren el inmenso dolor de haber perdido a sus seres queridos, especialmente a los pequeñitos, a esos seres inocentes a quienes una mente enferma les arrebató su vida de manera tan brutal.

En su mensaje, Obama subrayó que no es la primera vez que una tragedia de esta naturaleza enluta al país. Basta recordar la de la preparatoria Columbine y, más recientemente, la de Aurora, en un cine de Colorado.

Al darse a conocer  esa  matanza, ocurrida en julio de 2012, Obama compareció igualmente ante el país para reconfortar a las víctimas y condenar el hecho. Sin embargo, en ese entonces eludió  a toda costa referirse a lo que sería una herramienta esencial para evitar más derramamiento de sangre: el control a las leyes que rigen la venta y posesión de armas, especialmente las de asalto.

En ese entonces, posiblemente el silencio de Obama se debió a que estaba en plena campaña electoral y el tema de la posesión de armas es  altamente controversial. Millones de estadounidenses lo defienden de manera ferviente pues consideran que es un derecho consagrado en la Segunda Enmienda de la Constitución.  Y cuando se habla de la posibilidad de reformar las leyes sobre las armas, argumentan que éstas no matan sino la gente que las usa.

El meollo del problema es justamente ése, que la laxitud en las leyes actuales permite que las armas caigan a menudo en manos de mentes enfermas que sólo buscan destruir y causar dolor.  Y mientras ese asunto no se enfrente, estaremos en grave riesgo de vivir otra tragedia similar.

Aunque en su mensaje de este viernes Obama no anunció ninguna medida concreta para combatir este tipo de violencia, manifestó que “vamos a unirnos y a tomar acciones para prevenir tragedias como ésta, al margen de la política”.

Ojalá estas palabras no queden en el aire ni tampoco las lágrimas que derramó hoy.  El presidente no está ya en campaña para reelegirse y puede  dedicar ahora toda su energía para impulsar una legislación que termine de una vez por todas con las facilidades que hay para que gente enferma como Adam Lanza, el sospechoso de la matanza de Connecticut, acabe de un tajo con la vida y las ilusiones de tantos seres humanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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