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Del oficio de los periodistas

Álex Ramírez-Arballo

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21 de noviembre, 2012

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Del oficio de los periodistas

Álex Ramírez-Arballo.

Dedico esta columna a mis hijos Bruno y Alejandra.  

 Ayer, mientras sostenía una conversación telefónica con uno de mis amigos de México, el hombre me dijo, casi sin inmutarse: “en este país los medios viven de los presupuestos de los políticos”. Yo no soy quien para desmentirlo; es más, el asunto es evidente y se ha asumido como un ethos nacional, una práctica que ha dejado, por la frecuencia con que sucede, de asombrar a nadie: la repetición normaliza cualquier situación, por terrible o grotesca que ésta sea. Es una realidad y ni modo.

 Esto es lamentable porque cualquier periodista que reciba  beneficios económicos o cualquier tipo de prerrogativa de parte de los poderosos se convierte, por ese solo hecho, en un publirrelacionista. Deja de fungir como el sicofante, el denunciante, el señalador; no tiene más alternativa que obedecer, por más disimulos y argumentaciones que utilice para justificar su decisión, la voluntad de aquél que le llena la boca de silencio. No es moralismo ni esencialismo, no, es algo más próximo y necesario: sentido común. El oficio del periodista debe consistir en el ejercicio de una crítica intensa, justificada y humana del poder y sus instituciones. De cara a las oficinas gubernamentales, pero con los dos pies bien plantados en la calle, este periodista –en claro peligro de extinción- debería servir de contrapeso a las desigualdades que nuestra sociedad manifiesta.

En una ocasión entrevistaba a una conductora canadiense que me dijo -palabras más, palabras menos- que su oficio no era el de interpretar los hechos porque sabía que su audiencia tenía la suficiente inteligencia para “decidir por sí misma”; como todos los sofismas, esta opinión tiene su encanto: no se puede dejar de interpretar, no se puede dejar de ejercer la crítica y no se puede permitir que las tribunas informativas sean solamente un catálogo de nimiedades que no comprometen nunca a nadie, que no queman nunca las manos o la lengua, que no llaman a la indignación, que siempre ha sido el síntoma de un corazón que late en su sitio. Sí, creo que los periodistas no pueden y no deben ser objetivos, porque su oficio es estar del lado de aquellos que no tienen la capacidad, la voluntad o los medios suficientes para protestar por las injusticias que deben sufrir día con día. Mientras no exista una sociedad en la que el abuso, la corrupción y la torpeza sean asunto del pasado, enmudecer con un micrófono en la mano ha de ser una profunda e imperdonable imprudencia.

Me gustaría ahora establecer una distinción entre periodistas (journalists) y conductores (broadcasters, talking heads); esta definición es muy clara en los Estados Unidos, pero creo que en México aún siguen confundiéndose ambos términos. Creo que los periodistas son animales en peligro de extinción y en el párrafo anterior traté de realizar un apresurado perfil de lo que creo son y deben de ser. La geografía del mundo mediático, en cambio, se encuentra sobrepoblada por conductores. Se trata de personas que buscan un pretexto para estar siempre en el centro de atención. Acusan los síntomas de un incurable narcisismo, lo que se comprueba en el cuidado excesivo de su apariencia, el amaneramiento y la malograda sofisticación que acusan. En ocasiones estos personajes se autodenominan periodistas, pero no es verdad; la prueba de fuego es sencilla e infalible: ¿entre las cosas que dicen se encuentra alguna revelación, alguna denuncia que los poderosos quisieran mantener lejos del conocimiento público? Si la respuesta es negativa, no hay caso: se trata de un presentador más.

No se trata, claramente lo digo, de exigirles a los profesionales de la información una actitud heroica; no son mártires, no, son personas como usted o como yo, y como nosotros tienen prioridades personales, obligaciones: deben cuidarse para sus familias. Es cierto también que hay países, e incluso regiones o comarcas, en los que no existen las condiciones para el ejercicio periodístico auténtico y pienso también que desde otras áreas del quehacer intelectual, como la academia, por ejemplo, se debe presionar para denunciar esa anomalía social que sin duda alguna encarnan la intimidación y la censura. Las tecnología está de nuestro lado: el desarrollo de nuevas formas de comunicación, como las denominadas redes sociales, abren la puerta para que la información modifique sus vías tradicionales  de flujo, tendiendo más hacia el plano horizontal. Con estos recursos en mano, el periodismo verdadero debe pensarse a sí mismo, debe reconsiderar su situación actual y debe, sobre todo, reconocer la importancia que entraña.

Creo que existe un problema de fondo: la falta de creatividad, la autocomplacencia. Ahí donde hay medios noticiosos dispuestos a apostar por el trabajo en equipo, la innovación y el riesgo, ahí también se puede aspirar a la independencia económica y, por tanto, a la libertad editorial de cara al poder y sus eternos pecados. En México, el periodismo se ha visto reducido a un ejercicio casi asistencial que provee a unos cuantos entrometidos semialfabetizados de un medio para pellizcar el presupuesto de los municipios. Confío en que las nuevas generaciones no reproduzcan los viejos vicios; espero también que la tecnología abra las puertas para que existan medios más libres y para que los aprendices de este hermoso oficio puedan entrar en contacto con sus pares de otras latitudes: formar comunidad en la pasión y la excelencia ha de ser la vía más segura para cuidar una profesión que hace más falta ahí donde más se arraiga la indiferencia, la ineptitud y el cinismo.

Postdata

No creo en los santos, creo en los santamente obstinados. Los hombres vamos caminando en un mundo lleno de obstáculos y cargamos siempre todas nuestras contradicciones; sin embargo, aquellos que a pesar de todo se empecinan en avanzar habrán de llegar al destino más hermoso al que puede aspirar un ser humano: el corazón de los demás. No le pido a Dios talentos, pues esto me parece tiene cierto tufo a mezquindad, lo que demando de los cielos, en cambio, es algo mucho más sencillo: no desistir jamás a pesar de todas mis torpezas.

Twitter: @alexramamx

Email: alexramamx@gmail.com

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Álex Ramírez-Arballo

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