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Carta a un hermano que fue mi amigo

Por Agustín Durán

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09 de septiembre, 2012

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Carta a un hermano que fue mi amigo

Dicen que los grandes seres humanos no necesitan mucho tiempo para dejar huella en esta vida, una enseñanza, un apoyo, unas palabras de aliento, o simplemente, el optimismo y tranquilidad que reflejan en el diario ir y venir  de los días, pero que ayudan a los que los rodean a salir adelante, a ver las cosas más fáciles y siempre los inspiran para lograr sus metas.

El problema es cuando les tienes que decir adiós para siempre. Cuando por alguna razón su vida se termina a temprana edad y todos los que lo rodearon no lo entienden y lloran, se quejan y en ocasiones hasta maldicen el porqué de su partida.

Edgar Salgado (1967-2012)

Hace unas semanas me enteré que mi amigo Edgar Salgado, de 45  años, estaba en estado de coma en un hospital, rodeado de sus dos hijos, de 14 y 12, sus amigos y con una gran esposa que siempre lo acompañó por las últimas dos décadas.

Al hospital llegó gente, prácticamente de todos los lugares donde Edgar trabajó, desde la desaparecida Circuit City, el Censo de población de EE.UU., ayuntamiento de Covina, amigos de la universidad donde adquirió su maestría, y compañeros del ejército donde participo orgullosamente por cuatro años.

Recuerdo que cuando lo conocí, inmediatamente me apoyó y ayudó para aprender mi trabajo.  Como inmigrante que llegué a los 23 años, el inglés siempre ha sido mi frustración, y en el Censo de población tenía que dar presentaciones en inglés a una audiencia, en su mayoría caucásica.

El reto que yo tenía, es que nunca había dado una presentación, ni si quiera en español, y ahora la tenía que hacer en inglés.

Edgar, también inmigrante,  fue mi supervisor y durante las primeras semanas recuerdo que le comenté que posiblemente dejaría el empleo porque sentía que no tendría el tiempo suficiente para adquirir la habilidad que me permitiera hacer mi trabajo con efectividad.

Ese día volteo a verme y me dijo “Ya ni la chingas ca…, estudia el material y nos vemos el lunes para empezar a trabajar”. No me quedo otra que empezar a estudiar y memorizar el material, pero el problema no era tanto aprenderme la información, sino explicarlo en una forma clara para que el público entendiera mi inglés.

Recuerdo que durante las primeras presentaciones Edgar se paso varias semanas corrigiendo mi pronunciación. Practicábamos desde cómo decir mi nombre, que muy a menudo olvidaba incluir, contestar las preguntas más comunes y hasta como dirigir mi mirada.

Fue un trabajo arduo, y aunque sabía que seguía teniendo cierto problema con la pronunciación, después de unas semanas de práctica poco a poco fui ganando confianza conmigo mismo, y si por algún motivo tartamudeaba, olvidaba, o se me acababa el inglés, en muchas ocasiones Edgar o la misma gente salía a mi rescate.

Fue una experiencia increíble donde descubrí por experiencia propia que no hay más grande barrera para hacer las cosas que uno mismo. En muchas ocasiones, soy muy crítico conmigo mismo y si pienso que no tengo las herramientas o habilidades necesarias para hacer algo, prefiero esperar, prepararme mejor e intentarlo más tarde.

Sin embargo, posiblemente esa oportunidad ya no estará después, y fue precisamente lo que me enseñó Edgar, a arriesgarme, aceptar el reto y confiar en que lo lograré.

Me di cuenta que él tenía más confianza en mí mismo que yo, ya que según mi autoanálisis, sería mejor  esperar más tiempo y practicar mi pronunciación del inglés, pero de acuerdo a Edgar, era cuestión de practicar, no rendirse y pensar positivamente.

Al final del Censo, terminé ganándome un premio porque había sido el Especialista Asociado con más contratos en todo el Sur de California y que más presentaciones había dado.

En ese momento descubrí que tan errado estaba al criticarme tan severamente y no darme a mi mismo la oportunidad y la confianza para lograr ciertas metas.

Gracias a Edgar lo logré y conseguí que más personas supieran la importancia de El Censo, situación de la cual me siento orgulloso.

Esta experiencia fue únicamente en relación al trabajo, pero como amigo, era una persona que difícilmente se negaba a ayudarte, siempre buscaba hacer las cosas más fáciles y te daba toda su confianza.

Incluso, gracias a él y a otro gran amigo, Carlos Vázquez.  Ahora llevó dos años en Toastmaster, ya que descubrí la importancia de aprender a hablar en público y pienso que en algún momento,  en el futuro, dedicaré parte de mi tiempo como orador.

El día de su funeral asistió mucha gente y aunque ya lo sabía, simplemente confirmé una vez más a cuanta gente como yo Edgar había ayudado. Es por eso que ahora sólo me queda el orgullo de poder decir que Edgar fue mi amigo y repetir lo que un día me dijo.

“Yo cuando entré al ejército también tenía problemas para expresarme verbalmente en inglés, pero conocí gente que me ayudo  bastante y ahora simplemente hago lo mismo”.

Por tu apoyo y por ser un gran ser humano, gracias hermano por ser mi amigo.

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