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Cuando la chamba se va y el seguro médico también

Por Alicia Alarcón

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02 de agosto, 2012

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Cuando la chamba se va y el seguro médico también

Alicia Alarcón.

Digamos que a usted le ocurrió, como me ha ocurrido a mí varias veces y les sigue  ocurriendo a muchos, todos los días, que cuando más seguros y eficientes nos sentimos, nos quedamos sin chamba.  Y no hablemos  de la incertidumbre, ataques de ansiedad, insomnio, vómito, diarrea y otras convulsiones físicas que les da a algunos que sí lo toman muy personal. Además de la  sensación de abandono de amigos y conocidos que de un momento a otro, le dejan de hablar a uno, por temor a que se entere el jefe.

Todo esto es real, pero estas sensaciones no son el objeto de esta columna, sino el estado de indefensión en el que nos quedamos cuando además del empleo, se pierde el seguro médico. Exploremos pues las opciones que tenemos ahora sin seguro médico.

Si hoy usted tuviera un accidente, como yo lo tuve en el mes de marzo. Me di tremendo porrazo, como esos que nos dábamos de niños cuando nos caíamos del columpio improvisado que nuestros papás colocaban en el patio. ¿Se acuerdan? El de la soga y la tablita que nos servía de asiento. Así me caí, con toda mi humanidad sobre el hombro izquierdo, en un enredo de pies que se da, cuando la mente se le adelanta al cuerpo.

Lo primero fue hacerme una radiografía. La cual salió sin novedad, pero al pasar de los días un  dolor llegó a estacionarse de manera permanente en el hombro averiado. Así me levantaba de madrugada,  para preparar mi programa de radio, hacerlo  y cumplir con las obligaciones del día. Juntas de producción,  entrevistas con los invitados del día siguiente,  eventos y  actividades con los  radioescuchas. Inútiles resultaron los fomentos de agua con sal, la yoga, natación y los  brincos sacudidores. Fue el  Dr. Alberto Alonso, de la Clínica San Miguel el que me dio el diagnóstico final.  Tienes averiado el mango rotador.  Aquí no hay de otra más que cirugía.

Para que tengan una idea,  el costo de una microcirugía, como la que yo necesitaba,   en Los Ángeles, en un  hospital de esos en que entran 10 y cuatro salen vivos, fluctuaba entre los 10 y 15 mil dólares.  Sin contar con los cobros extras que me iban a llegar por correo durante la convalecencia. Y también considerando que encontrara un cirujano que no me cargara mucho la mano con el cobro.

¿Cuáles eran mis opciones?

La primera: Aguantar el dolor y esperar que un milagro me desapareciera el problema.

La segunda: Ir  a una de las clínicas que  reciben millones de dólares del gobierno federal pero que tienen una lista de espera de más de un año para cualquier procedimiento y  recibir de la recepcionista el consejo de irme al Hospital General, no sin antes, desearme buena suerte. Eso le pasó a una amiga.

La tercera: Emigrar al sur, de manera momentánea, y buscar ahí la solución médica. Eso fue lo que hice y la experiencia no pudo ser más agradable y el resultado más positivo.

Yo escogí Mexicali de manera lógica porque ahí está mi madre y todos mis hermanos y hermanas. Nomás para que tengan una idea de lo adelantados que están allá en servicio médico de primera a muy bajo costo. Yo terminé pagando una  fracción de lo que hubiera tenido que desembolsar aquí. Y se pone mejor más adelante.

El doctor Alejandro Montaño, cirujano ortopédico, que me operó  en el Hospital Hispanoamericano resultó no sólo eficiente en su trabajo, sino humano en su trato con los demás. Ya ve que algunos doctores se sienten y actúan como dioses. Este no. Han transcurrido 7 días de esa cirugía y sigue monitoreando mi progreso a través del Internet y no me está cobrando nada por hacerlo. Dónde vemos eso aquí, háganme el favor de decirme.

Respecto al hospital,  debo decir que no he conocido otro espacio donde las enfermeras y todo el personal, incluido el guardia de seguridad, se vean tan contentos con su trabajo. La mañana siguiente a la cirugía, recibí la visita del cocinero preguntándome que se me antojaba comer.  Me recordó  a los hoteles de lujo donde todo está  incluido. Y al desayuno le siguió la visita de una enfermera, diferente a la asignada,  que llegó para bañarme como a un bebé. Me sentí como realeza romana. Me dejó peinada y encremada, lista para seguir recibiendo las visitas de mis parientes.  Al final,  me despedí de todos ellos con un abrazo y dejé una carta que más que carta fue un pliego petitorio dirigido a la gerencia en beneficio de todo aquel personal médico extraordinario.

Esta columna continuará. En la  próxima, les voy a explicar también, cuales hubieran sido mis opciones si el  Obamacare hubiera estado vigente. También les voy a contar lo que me dijo el  senador Ed Hernández,   presidente del Comité de Salud de California,  sobre quienes van a calificar y lo que debemos saber sobre esta histórica reforma al sistema de salud  lograda por el Presidente Barak Obama.

 

 

 

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