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‘Ya somos el olvido que seremos’

David Torres

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03 de julio, 2012

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‘Ya somos el olvido que seremos’
David Torres

“Tampoco el dios Cronos se sacia y, así, viene a ser
esclavo de la infinitud del número;
dependiente y necesitado de la cadena innumerable
de las generaciones a las cuales devorar”.

María Zambrano

El Hombre y lo Divino

David Torres

Ciudad de México.– Amanece en México. Es cualquier parte. La gente va y viene recorriendo esas miles de rutas reales e imaginarias que transita diariamente. Hacia todos lados y hacia ningún lugar. Es un ir y venir permanente, como si con esos desplazamientos la memoria o el olvido fuesen solamente paradigmas de un comportamiento extraño pero inevitable.

Entre los vecinos y los familiares más cercanos, todos saben que se ha realizado una elección presidencial pero nadie se atreve en lo inmediato a dejar traslucir su identidad política. No vaya a ser. El país está fisurado, para qué traducir esa fractura al seno familiar o vecinal con una mala mirada, con un gesto de rencor. Un “buenos días” parece la mejor alternativa para muchos.

Haber votado por uno, por otro, por otra o por el de más allá implica haber ejercido un derecho, sí, pero sin opciones reales. Todos lo sabían. Y sin embargo están conscientes de que tenían que hacerlo.  

Quienes siempre han buscado solamente una prebenda a corto plazo –así sea una bolsa de comida, una gorra, tres playeras o un prometido puestecito de gobierno por un voto– saben que han ganado algo con el seguro regreso del pasado, ese pasado que todo lo cobra.

Quienes en el error de la eterna división partidista apostaron por un futuro diferente, saben a su modo que no los dejarán pasar no solamente quienes han ganado y quienes han perdido, sino su propia y anacrónica cultura caudillista, su anquilosada forma de procrear una revolución en las conciencias y sobre todo su negación a modernizarse incluso en el discurso.

Quienes sin convicción pero con el deseo de seguir viviendo en el autoengaño entregaron su sufragio a la continuidad, hoy se dan cuenta del real significado del fracaso, por demás contundente, y de la mediocridad política a la que fueron inducidos, sin líderes de Estado y con la responsabilidad moral de haber sido cómplices de un atentado a la nación con la cultura del terror de por medio, que ha arrojado más de 60 mil muertos en un sexenio, del lado que fuesen.

Quienes ingenuamente regalaron su voto a sabiendas del infierno político que respaldaba a su débil candidato se dan cuenta ya muy tarde de que el abismo hacia el que arrojaron su preferencia electoral era el despeñadero donde van a parar los desperdicios de la corrupción sindical que ha afectado de por vida a la educación nacional.

Y todo se olvida, se deja pasar, se esfuma.

Porque en México al parecer todo dura un día. O, en todo caso, un día dura todo lo que uno pretende de Absoluto.

El lunes 2 de julio, cuando despertaba de un mal sueño –justo en el momento del entramado onírico final, del cansancio por haber maldormido y las ganas de no querer levantarme–, requerí de cierto esfuerzo por ubicarme en mi presente, pero al mismo tiempo deseé pertenecer a una época muy anterior. No a una consignada por la historia, sino a otra convocada y relatada por la imaginación. Un ser humano que un buen día se levanta a ver cómo otros caminan por su propia ruta, salidos de su propio conflicto rumbo a otro, a recoger los saldos de sus premoniciones, de su propio cansancio por estar siempre a la deriva, como eternos exiliados, errantes sin nostalgia o simples almas migratorias.

Y aquí, frente a la responsabilidad de terminar una historia –a partir de una realidad breve y específica como unas elecciones presidenciales–, lejos de un país y dentro de otro que empieza a estar fuera de sí mismo, mi propio personaje es dueño de una acera que ha reclamado su presencia desde siempre, compañero entrañable de los copos de nieve que en otras ciudades han llenado de albor su cabello, su abrigo. Sus pasos.  Como el vivir del efímero rostro de la nada.

‘Ya somos el olvido que seremos’, dice el primer endecasílabo de un poema adjudicado a Borges. Anochece en México.

 

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