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¿Quién soy? ¿Latina, hispana, española, gringa?

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02 de julio, 2012

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Rosana Ubanell

—Rosana, hay una pregunta que quiero hacerte, ¿vos sos más latina que yankee o más europea que americana?—me soltó Renso, un amigo argentino, dejándome pensativa todo el día.

 Para colmo, esa misma tarde leí el recién publicado estudio “When Labels Don’t Fit: Hispanics and Their Views of Identity” del Pew Hispanic Center en el que se afirma que el 51 por ciento de los encuestados no se identifica como “hispano” ni “latino”.

 Yo misma me he planteado esta misma cuestión en numerosas ocasiones. Sin embargo, dada la dificultad de una respuesta contundente preferí apartarla de mi mente hasta que llegó Renso y no tuve más remedido que contestar en voz alta. Contra las cuerdas, decidí, de una vez y por todas, dar una contestación.

 Nací en Pamplona, Navarra, España. Allí crecí y estudié en la Universidad de Navarra. Eso me hace pamplonica, navarra y española, por este orden tanto cronológico como sentimental.

 La emoción europea se afianzó más tarde, cuando me trasladé a Bruselas en 1986, el año que España accedió a la Comunidad Económica Europea. Hasta entonces, debo decir la verdad, Europa era simplemente el resto del continente por el que viajaba de estudiante.

 Nunca un sentimiento “europeísta” se asentó en mi corazón hasta que salí de España. Este sentir europeo se agudizó al dejar atrás Europa y trasladarme a EE.UU. Es curioso cómo el “amor” crece con la distancia, el tiempo y la nostalgia. Por lo menos el verdadero. Los amores mentirosos viajan mal y se diluyen rápidamente en las cuatro dimensiones.

 Llevo casi 23 años en EE.UU. Me instalé en Virginia, zona muy “yankee” como dice Renso, hasta el año 2002. Me nacionalicé norteamericana. Crié tres hijos. Me gusta este país y cómo funciona. Me emociona su bandera y los discursos patrióticos. Me gusta cómo se trabaja y la apertura que existe para recibir nuevas ideas y para impulsar a quien se lo merece. También veo defectos, como existen en todos lados, lo que no me impide sentirme orgullosa de ser gringa.

 Llegado a este punto de pamplonica, navarra, española y gringa, nunca pensé que quedase lugar en mi corazón para otro amor. Y, contra todo pronóstico, llegó, como siempre llegan los amores, sin anunciarse. Este año se cumple una década de mi mudanza a Miami y he añadido la palabra “latina o hispana” a mi lista de amores. Estoy enamorada de esta ciudad, de sus gentes de todos los lugares del continente, de sus vidas, de sus maneras de hablar, de sus comidas, de sus músicas, de su amistad…

 ¿Entonces qué soy?

 Ni yo misma lo sé. Ni me importa realmente. Hay cosas maravillosamente inexplicables. Simplemente me gusta llevar todo este amor dentro y disfrutarlo.

 El problema es que cuando uno encuentra respuesta a una pregunta, aparece otra.

 ¿Con qué se identifican mis hijos?

 Espero que todo lo que yo soy y mucho más. Si algo he intentado transmitirles es que el corazón no debe tener barreras. Igual sienten lo mismo que yo, aunque en distinto orden, primero gringos, luego latinos, españoles, pamplonicas y finalmente navarros. Da igual.

 Cuando van a Pamplona a disfrutar la semana de  San Fermín se visten de blanco, corren el encierro, tienen su grupo de amigos y degustan los pimientos rellenos de merluza de la abuela. En Miami van a la playa en Miami Beach a lucir los pectorales, bailar salsa y regatón.

 Y cómo decía mi hijo mayor que nació en Bélgica y estaba un tanto confuso al principio. Cuando le preguntaban qué era, contestaba: “belgicano”. Quizás el secreto esté en inventar un nuevo adjetivo para estos jóvenes ciudadanos del mundo cuyos corazones no conocen fronteras.

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