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Las personas de Carlos Fuentes

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26 de julio, 2012

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Las personas de Carlos Fuentes

 David Torres

Uno aprende con Montaigne que la integridad y la fidelidad son dos de los aspectos más importantes de una verdadera relación amistosa. Dice en su célebre ensayo Sobre la amistad que la crueldad, la deslealtad y la injusticia no pueden ser parte del nexo que se establece entre quienes se dicen Amigos.

Eso debió imperar en la selección que hizo Carlos Fuentes (1928-2012) para concebir su último libro titulado, precisamente, Personas. Gente de trabajo intelectual y político que no sólo influyó en su obra, sino en la vida misma del autor de La muerte de Artemio Cruz. Ideas directrices del quehacer literario e histórico en las que encontró, más que inspiración, una forma de ser.

La manera tan entrañable como integró a sus amigos en su obra póstuma impele a pensar que cada semblanza la vivió a profundidad, con esa admiración que solamente se prodiga a quienes cosen su alma al devenir de quien les muestra el significado más sublime de la vida: la creación, pero la creación a través de las palabras, los actos y las obras.

Contar como amigo y maestro con una de las mentes más universales de todos los tiempos como lo fue Alfonso Reyes en el ámbito de la cultura fue seguramente uno de los mayores privilegios de un entonces joven escritor que apenas despuntaba en el México de la primera mitad del Siglo XX. “La conciencia sólo se obtiene en la punta de la pluma”, cita Fuentes al autor de Ifigenia cruel, frase que derrama, además de una brillantez intelectual sin parangón, un compromiso total con la Literatura y la Historia.

Y cómo no comprometerse de lleno con la creación literaria cuando se cuenta desde el principio con la enseñanza de esa columna cultural que fue y todavía es Reyes. La región más transparente no habría tenido ese impacto literario mundial de no haber tenido la influencia entrañablemente directa del creador de Visión de Anáhuac, uno de los acercamientos más finos y estéticamente perfectos al antiguo esplendor de  México-Tenochtitlan.

 De ahí en adelante, el aluvión de contactos amistosos de Fuentes se diversificó de tal modo, que confluyó en prácticamente todas las disciplinas del quehacer artístico e intelectual. Pues contar entre sus recuerdos a un genio de la cinematografía como Luis Buñuel; a un universo en sí mismo pleno de cronopios como Julio Cortázar; un monstruo del periodismo cultural como Fernando Benítez; una oda humana como Pablo Neruda; dos almas iluminadas como Susan Sontag y María Zambrano, o dos portentosos hombres de Estado como Lázaro Cárdenas o François Miterrand, entre muchos otros, no pudo sino producir un Escritor de su siglo, cuya obra, aun por estudiar en su conjunto, ha influido en las de otras generaciones literarias.

Esto no solamente en cuanto a la disciplina del proceso creativo, sino en la responsabilidad que adquiere el intelectual de nuestro tiempo. Y ello, muy a pesar de sus detractores –que los tuvo y tiene, por supuesto–, así como de sus admiradores, que por idolatrarlo olvidan, precisamente, leerlo.

En ese sentido, ya que ha dejado una especie de testamento literario en Personas –toda su obra lo es–, conviene adentrarse en las influencias que ha recibido de todos esos personajes que describe en su libro, pues al mismo tiempo funciona como esas señas de identidad que ayudan a analizar y a entender a un autor. Su amistad con Arthur Miller, William Styron y John Kenneth Galbraith, por ejemplo, conforman otro eje de su pensamiento aún más abarcador.  Es como un mapa donde la novela que es en sí mismo Carlos Fuentes va llenando con su genealogía literaria los continentes donde habita el reflejo del “homo iberoamericano”, que tuvo en el siglo pasado su laboratorio natural para autodeterminarse y sugerirle al tiempo que no hay dobles oportunidades.

Personas es un libro que se agrega a la larga lista de obras por estudiar de un escritor que, aun desde la muerte –esa parte de la vida, como él decía–, entrega en ofrenda lo que aprendió de sus amigos para compartirlo de una manera tan sutil que, en su discreción, nos susurra que todas sus Personas incluidas en su último texto, por cierto, también han muerto como él.

Con ese último y genial desdoblamiento desde la muerte, el autor de Aura nos da a entender que, en efecto, Carlos Fuentes aún hay para rato y que cada vez escribirá mejor.

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Fuentes, Carlos. Personas. México, Editorial Alfaguara, 2012; 259 pp.

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