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Planeta Bradbury

David Torres

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10 de junio, 2012

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Planeta Bradbury
David Torres

“Hay peores crímenes que quemar libros. Uno de ellos es no leerlos”.

Ray Bradbury

David Torres

Waukegan, Ill.— Es este un viejo edificio de principios del Siglo XX. Dice en uno de los costados de la  construcción de estilo jónico griego: “Erected by Andrew Carnegie”. Y abajo: “A.D. 1903”. Era la antigua biblioteca de esta ciudad del norte del estado de Illinois que brindó servicio a sus habitantes durante las siguientes seis décadas. Aunque ya no funciona, aún se le conoce como Carnegie Library.

Carnegie Library fue edificada en 1903 en la ciudad de Waukegan, Illinois. Fue ahí donde el pequeño Ray Bradbury pasó años leyendo libros y donde descubrió su vocación de escritor. Fotos: David Torres/Latinocalifornia.com

Atrás, a unos pasos, el lago Michigan se deja acariciar con la mirada en esta soleada tarde de verano, mientras un tren se va alejando de la estación que también está a unos cuantos pasos de esta esquina. Cerrada desde 1965, la biblioteca ahora está casi en ruinas por dentro. Nadie  puede entrar; se salvó de ser demolida. De hecho, uno de sus antiguos y más asiduos visitantes intercedió fervientemente para que fuese conservada. Su nombre: Ray Bradbury.

He caminado por la misma calle Washington hasta Sheridan Road, donde se encuentra la vieja biblioteca, ruta que el autor de Fahrenheit 451 describe en alguno de sus recuerdos de infancia, cuando corría con total ansiedad una vez que abrían las puertas del recinto para sumergirse con agrado en un sinfín de libros y más libros de los que obtuvo su propia educación, a falta de recursos económicos en su familia. Esa fue su universidad. Literalmente.

 

El estilo jónico griego se destaca en la vieja biblioteca Carnegie.

Un pequeño póster con la foto del escritor, fallecido en Los Ángeles el pasado martes 5 de junio, ha sido instalado al pie de la escalinata, con una flor amarilla al frente, con las fechas 1920-2012. ¿Cuántas veces habrá subido sujetándose de este barandal con sus pequeñas manos y pensando en sus personajes el futuro creador de las Crónicas Marcianas?

Es fácil, en realidad, imaginarlo, sobre todo como parte de la generación que quedó marcada por la Depresión del 29: mientras las finanzas del mundo se hundían, él se elevaba al infinito visitando galaxias, planetas, unas cuantas estrellas y creando no pocos seres francamente extraños. Y, lo mejor de todo, compartiendo los hallazgos de esas odiseas imaginarias en sus posteriores creaciones literarias, como hicieron ver las autoridades locales de Waukegan la noche del 6 de junio pasado, durante un homenaje frente a la actual biblioteca de la ciudad, donde al final fueron proyectados dos videos: Memories of Waukegan (Memorias de Waukegan) y Mars is Heaven (Marte es el cielo) con una nutrida asistencia.

Quizá Bradbury nunca imaginó que su Waukegan natal –palabra de la tribu nativa Potawatomi que significa “fuerte o puesto de intercambio comercial” y a la que  identifica en sus obras como Green Town– casi cien por ciento blanca en sus tiempos, iba a derivar en una mayoría de población hispana, sobre todo mexicana, pero también caribeña y centroamericana, que conforman ya el 53.4% de sus más de 90 mil habitantes, según el último censo. El Estado de México, por ejemplo, es el que más está representado en términos de población mexicana.

“Green Town”, en efecto: así como no hay un Macondo y un coronel Aureliano Buendía sin García Márquez; o un Comala y un Pedro Páramo sin Juan Rulfo, Green Town y Douglas Spaulding son parte de la herencia literaria de Bradbury, creador también de los clásicos Dandelion Wine (traducido al español como El vino del estío) y El hombre ilustrado.

Mural de personajes locales de Waukegan, con la imagen de Bradbury al centro.

Confieso que la llamada literatura de ciencia ficción no fue la que más me atrajo durante la adolescencia, pero, como muchos de mi generación, Fahrenheit 451 fue mi primer contacto con la obra de Ray Bradbury. En un momento en que los libros son para un adolescente una puerta de entrada a esos otros mundos perfectamente habitables y disfrutables que ofrecen las novelas, los cuentos o los poemas, sufrí lo suficiente como para odiar de pies a cabeza a Montag, el personaje central de la novela, quien, paradójicamente, es “bombero”, pero al revés: en lugar de apagar incendios se encarga de provocarlos con la intención de quemar los libros. ¿Por qué? Bueno, porque los libros –su lectura— invitan a pensar, y en su país está prohibido, precisamente, pensar. ¿Suena familiar?

De ahí que no siempre estuve de acuerdo en que la obra de Bradbury fuese clasificada estrictamente como de “ciencia ficción”, pues Fahrenheit 451 es una evidente crítica al mundo en que vivimos, independientemente del sistema político, lo mismo en esta generación que en la anterior y la anterior y la anterior…

Diría, en todo caso, que su literatura –su mensaje— es más humanista, sólo que es necesario leerlo entre líneas para identificar su propósito: es como un orfebre que moldea su obra con todos los materiales de la condición humana, con el agregado de la fantasía de otros mundos, o de este, pero con la presencia del Otro, de ese otro que, en el fondo, es semejante al que vemos en nuestro propio espejo terrícola, pero que parece extraño porque no lo queremos conocer.

Baste para comprobar lo anterior la lectura de, por ejemplo, Remedio para melancólicos, La niña que iluminó la noche o Ahora y siempre, libro este último que hace unos años conseguí curiosamente en Los Ángeles, en español, al precio irrisorio de menos de cinco dólares… más descuento, como si se tratara de un capítulo de The Twilight Zone, serie de televisión en la que también participó con algunas de sus creaciones –en nuestro idioma se conocía como La dimensión desconocida–, y que, en blanco y negro, infundía una sensación de misterio y reflexión, lo mismo que su programa The Ray Bradbury Theatre.

Póster en memoria del autor de 'Fahrenheit 451' frente a la escalinata de la antigua biblioteca Carnegie de Waukegan, su ciudad natal, al norte de Illinois.

Quienes han colocado el improvisado póster a la entrada de Carnegie Library tuvieron asimismo la acertada idea de reproducir uno de esos pensamientos tan característicos de un escritor como Bradbury, el cual encierra la esencia de su virtud como artista: “Mis voces aún hablan, y todavía las escucho y sigo su loco consejo. Si alguna futura mañana me levanto y hay silencio, sabré que mi vida ha terminado. Con suerte, en mi último día, las voces aún estarán ocupadas y todavía seré feliz”.

Por supuesto que esas voces estuvieron ocupadas, pues al mismo tiempo de su tránsito de la vida a la muerte, ocurría –entre el mismo 5 y 6 de junio– el tránsito de Venus frente al Sol, como una especie de cortejo fúnebre astronómico para el autor de Cuentos espaciales y La muerte es un asunto solitario.

Antes de alejarme, he echado una última mirada a través de los cristales de la puerta de la vieja biblioteca. Se alcanzan a ver herramientas, polvo, un casco protector de color blanco que algún trabajador ha dejado por ahí, paredes sin remozar y todo lo que seguramente la restauración de un edificio implica. La gente pasa y me observa extrañada. ¿Qué ve este tipo en ese antiquísimo edificio?, supongo que piensan los que caminan por ahí.

 Veo, definitivamente, el origen del Planeta Bradbury.

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