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Poética con justicia y dignidad

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02 de abril, 2012

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Poética con justicia y dignidad

David Torres

David Torres

El poema social que, en el camino, Javier Sicilia ha encarnado durante un año desde el asesinato de su hijo Juan Francisco, ocurrido en Morelos, México, el 28 de marzo de 2011 a manos de la delincuencia organizada, ha tenido una lectura internacional en voz alta, en el atril del mundo de las tragedias, sí, pero también en el de la lucha por mantener viva una esperanza.

En tan solo un año, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que encabeza el autor de El bautista ha tocado fibras muy sensibles en una sociedad doblemente golpeada: por una parte, atrapada entre las balas de las diferentes organizaciones criminales que se pelean cada vez más violentamente por el territorio; por otra, lastimada por la negación de la justicia a las víctimas colaterales de esa guerra sin fin emprendida desde el gobierno.

Pero a lo largo de los siglos, la voz del poeta –Virgilio, Homero, Jenofonte, Pessoa, Machado, Pavese, Sicilia— ha sido siempre una y el eco de las precedentes, la que despierta conciencias, la que revela y se rebela, la que está ahí al alcance de la mano en una oda, una elegía, una endecha, un poema épico, un soneto, una pancarta, un discurso o una marcha de protesta para convertirse en Historia. Paradójicamente, la no violencia que inspira el movimiento de Sicilia es el arma de un padre al que le han arrebatado con saña a su hijo de esta vida.

La inmediata fuerza que adquirió fue envolviendo a todo un país donde la impunidad avanza a pasos agigantados en el ámbito de la procuración de justicia, y rebasó fronteras desde el primer momento porque la delincuencia organizada no es privativa de una nación y ha herido no solo a un continente, sino literalmente a todo el mundo. La que ensombrece a México en este momento irradia podredumbre que contagia.

Tan fuerte ha sido el eco de esta lucha, que las autoridades mexicanas han tenido que acceder a dialogar en diferentes ocasiones y foros con las familias de las víctimas, frente al mismo presidente Felipe Calderón y miembros de su gabinete, a los que se ha pedido respuesta en vano, pues la política oficial de enfrentar a las organizaciones criminales no va a cambiar, como lo ha afirmado en todo momento el mandatario.

De tal modo que no ha quedado más remedio a los afectados que seguir su propio camino insistiendo en que algo tiene que cambiar necesariamente, si es que en realidad se quiere creer en la existencia plena de un verdadero Estado de Derecho. El actual proceso electoral, sin embargo, atrae toda la atención mediática, a pesar del bajísimo nivel competitivo en la oferta política de los aspirantes a la Presidencia. Es como un repetido trámite de burocracia electoral y discursiva –cada seis años en el caso de México– donde todo parece como si debiera empezar de nuevo, según el mesianismo de cada aspirante.

En efecto, muchos caminos ha transitado en tan solo un año la poética del movimiento que lidera Sicilia, que también ha padecido el asesinato de algunos de sus miembros –Don Trino, Don Nepo, Pedro Leyva–, y seguramente continuará echando raíces, sea quien sea el próximo presidente.

Pero, en su momento, cómo sentarse a dialogar con Enrique Peña Nieto, cuya vacuidad intelectual mantiene distancia considerable de lo que significa el dolor de los sectores que su hija denominó “prole”; qué respuesta esperar de Josefina Vázquez Mota que promete continuidad en la política de seguridad; qué más preguntarle a Andrés Manuel López Obrador que no rebase su ego político como si solo él encarnara la verdadera izquierda, como aquella que sí representaba en su momento el ingeniero Heberto Castillo; cómo hacer compatible la agenda ecológica de Gabriel Quadri con las urgencias de una nación lacerada y dolida que cuando busca justicia sus voces son  asesinadas.

“Siento vergüenza de estar vivo”, dijo Sicilia la semana pasada, cuando se cumplía un año de la muerte de su hijo Juan Francisco. “No puedo ver a mi hijo a los ojos en las fotografías, no lo puedo recorrer. Sé que no tengo culpa, pero siento vergüenza de que no me pueda enterrar él, de haberlo sobrevivido”.

Serán otras las huellas, otros los pasos y las voces, los llantos y los espacios los que interpretarán esta época. Pero lo que se ha venido escribiendo con justicia y dignidad hasta este momento será parte de la épica de una era en la que, nuevamente, un poeta se atrevió a decir basta y a exprimir con su palabra y acción las eternas concavidades de la maldad humana en su eterno precipicio. Y de esa maldad, también, todos estamos hasta la madre.

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