Una de vida y otra de pastillas

Rubén Moreno

Hay una frase de la Madre Teresa de Calcuta que se quedó grabada a fuego en mi mente.

“Un niño es un regalo de Dios. Si no lo quieres, dámelo”.

La primera vez que la leí era aún adolescente y me caló tanto que me hizo detener a pensar en la razón que tiene. Pero no es hasta que no te conviertes en padre y “desenvuelves” ese regalo -creamos en Dios o no-, cuando te das cuenta que es lo mejor que te puede haber pasado. Porque, al fin y al cabo, un hijo es un regalo de la vida hacia la vida misma. Una semilla más que siembra la esperanza.

Esta semana se han cumplido 39 años desde que la Corte Suprema de Estados Unidos dijo que las mamás tienen el derecho de tirar ese regalo antes de que le pongan un lazo. Como si la opinión del padre no contara porque él no puede cargarlo.

Miles de personas siguen denunciando y criticando la actual ley del aborto, aquella que dio origen cuando Norma McCorvey dijo que estaba en su pleno derecho de acabar con la vida que llevaba dentro porque era un regalo no deseado. Años más tarde confesó que había mentido y en realidad no fue un pandillero quien la había violado.

Desde entonces, las jovencitas y no tan jovencitas tienen la opción de abortar legalmente antes de que el feto sea considerado un ser que podría vivir por cuenta propia fuera del seno materno. Dicen los ginecólogos que, en el mejor y más anticipado de los casos, eso podría ocurrir unas 16 semanas antes de que termine el ciclo de gestación. Y se han visto casos.

Para quienes creemos que la vida comienza mucho antes, abortar es apagar otro milagro. Es cometer un “asesinato en las entrañas”. También esto lo dijo aquella mujer siempre vestida con túnica de azul y blanco.

La futura mamá puede alegar que no quiere portar esa vida dentro. Está en su derecho. Pero así como le afecta a su cuerpo, no es la vida de ella por la que está decidiendo. Si mayores somos para jugar a ser papás, mayores debemos ser para aceptar las consecuencias. No será precisamente por falta de métodos que se puede evitar un embarazo no deseado. Y aún cuando las precauciones tomadas fallan, deberíamos ser responsables de los riesgos que corremos.

Distinto me parece cuando puede haber excepciones. España en esto está tomando la delantera. No por ser muy progresistas se terminan haciendo bien las cosas. El nuevo gobierno va a retomar una ley de hace 27 años con la que solo se permite abortar si el feto presenta malformaciones, supone un riesgo para la vida de la madre o fue engendrado tras una violación. En todos los demás casos, sigo creyendo que es un asesinato cuando, como sucede actualmente, se pueda abortar libremente durante las primeras 14 semanas de gestación. Mucho peor cuando las menores de edad pueden hacerlo a escondidas sin el consentimiento de los padres.

Una cosa sí ha hecho bien Estados Unidos. La secretaria de Salud, Kathleen Sebelius, dio un paso al frente para que se prohíba la venta de pastillas del día después a menores de edad que no tengan una receta médica.

Y qué nos importará a los padres qué hacen y con quién se acuestan nuestras hijas, podrán pensar muchos. Tal vez el problema está en que no se comprende que una cosa es mantener relaciones sexuales y otra muy distinta querer jugar a ser padres.

Si esa vida no la quieres, puedes darla en adopción, tal y como terminó haciendo McCorvey. Estoy seguro que muchos bebés agradecerán más no haber conocido a sus padres que saber que quisieron matarlos antes de nacer.

Antes de terminar esta columna, mi hija mayor –que ya se había ido a dormir- me dijo: “Papi, no te he dado un besito”. No solo me regalo uno, sino que también me dio un abrazo. En esos segundos, me quedé pensando qué afortunado soy de ser padre y de haber traído una vida al mundo.

Afortunadamente, mis dos hijas fueron planeadas. Pero si ese no hubiera sido el caso, jamás me hubiera atrevido a quitarles algo que no es mío.

Charlie Chaplin nos recordó que solo hay algo más evidente que la muerte. Y eso es la vida. Si no queremos que nadie decida por la nuestra, destapemos ese regalo. En el peor -o mejor- de los casos, alguien más lo podrá seguir disfrutando.

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Un comentario sobre «Una de vida y otra de pastillas»

  1. Brillante! Gran periodista español en California!
    Comparto 100% tu opinión, aunque tan sólo quiero reflexionar sobre qué pasa con esos niños engendrados fruto de una violación. Por horribles que sean esas circunstancias, ¿no son ellos también seres humanos? ¿qué culpa tienen ellos de existir? ellos no pidieron venir… pero están ahí, y su pequeño corazón late como cualquier otro bebé en el vientre de sus madres…

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