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Minuto 40

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23 de agosto, 2011

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Minuto 40

Con toda seguridad, los especialistas en sicología social tendrán un buen material de análisis tras la reacción de pánico colectivo que se desató el sábado 20 de agosto en el estadio Corona de Torreón, Coahuila, cuando al escuchar una ráfaga de balazos en las inmediaciones del lugar, tanto el público, como los jugadores, árbitro, jueces de línea y demás asistentes corrieron despavoridos a refugiarse donde se pudiera.

Fue una escena inédita en el ámbito del futbol mexicano que obligó, obviamente, a suspender el partido que se llevaba a cabo entre Santos y Morelia. Así, tanto los expertos en comportamiento humano como las autoridades judiciales obtendrán sus propias conclusiones; los primeros quizá solo comprueben teorías académicas ya establecidas, mientras que los segundos deslindarán responsabilidades cuando tengan todas las piezas reunidas.

Sin embargo, ese minuto 40 en que las actividades del partido quedaron rebasadas por la estampida humana al escucharse el tiroteo, marca un nuevo aspecto en la hipersensibilidad a que ha orillado a la sociedad mexicana la llamada guerra contra el narcotráfico. Fue el momento exacto en que todo reglamento o autoridad en la cancha dejó de importar, para dar paso al instinto de conservación más elemental, sin otro apoyo más que el personal o familiar para salvar la vida.

De ese modo, el estadio TSM se convirtió en ese momento, a escala, en el espejo de país a que se ha visto reducido México en el terreno de la inseguridad. Si el presidente Felipe Calderón dijo en su momento que esta “guerra” acarrearía víctimas mortales de manera colateral, entonces… sálvese quien pueda.

Así lo hicieron los cientos de asistentes que, junto a sus familias –según se vio en las imágenes de televisión y fotografías—literalmente se parapetaron entre butacas y bardas, a fin de no ser alcanzados por alguna bala perdida y pasar de ese modo a ser parte de los más de 40 mil muertos que suma ya la “narcoguerra”.

Es decir, el incidente tiene que ver con la psicosis generalizada en una nación atrapada entre varios fuegos. Era natural que la reacción en el estadio fuera tal como ocurrió.

Y aunque algo así no se había visto en un espacio futbolístico en México, no puede considerarse como un hecho aislado, sino un eslabón más en la cadena de consecuencias sociales en que se han visto inmersos los habitantes del país durante los últimos cinco años.

Es un condicionamiento involuntario que los mantiene atrapados, situación producto de la violencia: antes ha ocurrido en espectáculos de música popular, con cantantes asesinados de por medio; en las calles, mediante persecuciones a plena luz del día; en las carreteras, con cadáveres desmembrados; en puentes, con cuerpos colgados; en escuelas, como en aquel kínder donde una maestra de Monterrey tranquiliza a sus pequeños alumnos cantándoles una canción mientras están en el suelo asustados por el tiroteo desatado cerca de la institución;  en localidades al parecer controladas por la delincuencia organizada, como San Fernando, Tamaulipas, donde hace exactamente un año fueron masacrados 72 migrantes de diversas partes de América Latina, que solo intentaban llegar a Estados Unidos; en casas particulares de gente honorable, como el poeta y psicólogo Efraín Bartolomé, cuyo domicilio fue allanado erróneamente en la Ciudad de México por elementos de la Policía Federal Preventiva, quienes buscaban “armas”. ¿De verdad estamos solos?, preguntaría el escritor ante la inasistencia de otras autoridades para auxiliarlo.

La lista es larga y, por lo que se ve, interminable. El tiroteo fuera del estadio Corona y sus consecuencias dentro de la cancha se agregan a la imagen de una barbarie que han padecido los mexicanos en los últimos tiempos, para los que al parecer cada momento de peligro, cerca o lejos, es el “minuto 40”. Lo cierto es que una sociedad con miedo es una sociedad manipulable. Y ese es, entre otros, el verdadero peligro en que se debate el futuro inmediato de México.

 

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