Sueños de opio

David Torres.

Lo que gana México con la derrota 1-3 frente a Argentina en Sudáfrica es, de algún modo, alentador: la población –cuando menos la más consciente– volverá a atender en lo inmediato los problemas que apabullan sin misericordia a millones de personas, uno de cuyos flagelos más evidentes es la creciente violencia perpetrada por la delincuencia organizada, ahora prácticamente en todo el territorio mexicano.

El futbol, por supuesto, y sobre todo los partidos del denominado Tri, aseguraban un hilito de “esperanza” entre los seguidores de este negocio-deporte que veían en las destrezas de sus jugadores favoritos, inflados por la publicidad, no sólo el ansiado quinto partido, sino la solución imaginaria a la catástrofe en que se han convertido sus instituciones. No es nuevo: en cada justa deportiva de esta naturaleza ocurre lo mismo. Y hay que ser claros: en cada país el esquema es similar.

La apuesta del gobierno de Felipe Calderón era evidente: ilusionar a sus ciudadanos con un papel más o menos digno y duradero en esta Copa Mundial, auxiliado por el duopolio Televisa-TV Azteca, de los seleccionados de Javier, “El Vasco”, Aguirre. De hecho, la polémica presencia del mandatario mexicano en la inauguración tenía ese toque institucional que, en buena medida, se convirtió en un “fuera de lugar” gubernamental, sobre todo en momentos en que el estado de Derecho peligra y casi la mitad del territorio –sobre todo el norte—se le ha ido de las manos frente a los carteles de la droga, inmiscuidos hasta la médula en el tejido social, amén de su posicionamiento entre las estructuras policiacas y militares.

Mirar nuevamente hacia el escenario de la realidad-real –eclipsada en estos días por la redondez del Jabulani y por el sonido ensordecedor de las vuvuzelas– implicará analizar a conciencia, por ejemplo, cómo quedará distribuido el mapa político de la República Mexicana, luego de las siguientes elecciones que tendrán lugar a lo largo del año a partir del próximo 4 de julio en diversos estados y en los que el Partido Revolucionario Institucional (PRI), otrora hegemónico en el Poder Ejecutivo durante 71 años, ha mantenido una presencia a nivel de campañas, pero también en el ámbito del escándalo por el grosero y manifiesto espionaje: Oaxaca, Estado de México y Veracruz son los ejemplos más recientes de, ese sí, el verdadero deporte nacional.

La población tendrá que estar atenta, también, al avance en el ámbito político de la delincuencia organizada una vez concluidos dichos comicios (donde se disputarán 12 gubernaturas, 451 diputaciones locales y 1,481 municipios), pues se llevarán a cabo en entidades federativas donde la presencia de lo que se hace llamar “narcopolítica” es exageradamente marcada: Sinaloa, Tamaulipas, Chihuahua, Puebla, Baja California, Zacatecas, Aguascalientes, Durango, Veracruz, entre otros. “Plata o plomo” parece ya el legado que se ha convertido en maldición para todo mundo; corromperse o morir, o en otras menos filosóficas pero contundentes palabras: “copelas o cuello”.

Por otro lado, la sociedad mexicana estará obligada a no olvidar la atrocidad jurídica infligida contra los padres de los 49 niños muertos y unos 80 heridos durante el incendio en la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, en junio del año pasado, pues la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), luego de las investigaciones, desestimó hace un par de semanas señalar como culpables a altos funcionarios del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y del gobierno de Sonora, dando a entender que, en su concepto, de lo que se trataba era de salvar la imagen de dichas personas –entre otras, Daniel Karam y Juan Molinar Horcasitas, en el caso del IMSS, y de Eduardo Bours, ex gobernador de ese estado–, en lugar de hacer justicia en favor de los padres y las víctimas del siniestro. Por supuesto que estas familias han decidido que el caso no quede impune y acudirán a otra instancia de fuero internacional.

Asimismo, ahora que ya no habrá más participación en canchas africanas de los llamados en su momento “ratoncitos verdes” –salvo en “heroicos” e increíbles comerciales, claro está–, la mente de los mexicanos tendrá que ocuparse cada vez con más ahínco de exigir soluciones tanto laborales como educativas a la suerte que corren millones de jóvenes que, por falta de oportunidades, ni estudian ni trabajan, los denominados “ninis”, que son presa fácil para su incorporación a organizaciones del crimen organizado.

En fin, que la sociedad en su conjunto deberá estar atenta a los discursos y mensajes de su clase política, tanto de derecha como de izquierda, relacionados con los ya próximos Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución, los que seguramente en su triunfalismo hablarán de un país casi inmaculado y libre de problemas, o cuando menos nada parecido a la nación que ha producido millones de emigrantes que van a parar básicamente a diversas ciudades de Estados Unidos en busca de un empleo, repitiendo un esquema de décadas, con la consecuente desintegración de las familias, o lo que queda de ellas; sumado a eso, acorralados ahora por leyes como la SB1070 de Arizona que criminaliza la inmigración indocumentada.

El silbatazo final del árbitro italiano Roberto Rosetti el domingo 27 de junio en el estadio Soccer City de Johanesburgo, dando por concluida la participación de México en el Mundial de Sudáfrica, debería ser la urgente señal para retomar con seriedad el tipo de país que se avecina, pero ya no bajo el influjo de los “sueños de opio” a los que hacía alusión ese gran compositor y cantante Salvador, “Chava”, Flores, en su canción “A qué le tiras cuando sueñas, mexicano” (sobre las accidentadas ilusiones que se forjan algunos sin mucho esfuerzo), sino desde la perspectiva del qué hacer como sociedad, aprovechando al menos este siguiente período de cuatro años, hasta que se realice el próximo Mundial, esta vez en Brasil, en 2014.

Pero tal parece que tampoco habrá mucha esperanza en ese sentido, pues, a decir verdad, cada quien se deja engañar en la medida de sus imposibilidades.

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