Samuel Ruiz, un hombre de fe

Si algo representaba Samuel Ruiz García era a un auténtico hombre de fe.

María Luisa Arredondo.

A diferencia de muchos clérigos católicos, más preocupados por defender privilegios y posiciones de poder que por los asuntos de la Iglesia, don Samuel dedicó su vida entera a servir a los más pobres, aun a costa de su propia integridad física. Su fallecimiento, el pasado 24 de enero, deja a millones de indígenas mexicanos y centroamericanos sin su principal abogado y a México sin una de las voces con mayor autoridad moral.

Durante más de 40 años, Ruiz, a quien sus feligreses le llamaban cariñosamente El Tatic, se desempeñó como obispo emérito de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, uno de los estados con mayor pobreza y desigualdad social en México. Ahí, fue testigo directo de las terribles condiciones de injusticia y explotación que sufren las poblaciones de origen maya que habitan la región.

Desde su llegada a esa diócesis, don Samuel llamó la atención por la valentía e independencia con que comenzó denunciar los abusos de que eran víctimas los indígenas. Esta conducta levantó ámpulas entre la clase acaudalada y la alta jerarquía católica que, sin piedad, comenzaron una campaña de desprestigio en su contra. Como resultado de ella, se le empezó a llamar cura comunista, estafador, guerrillero y subversivo.

Don Samuel soportó con estoicismo los ataques que incluso llegaron al punto de quererlo remover de su cargo. Lo animaba, según confesó después, su afán de querer proteger a los más débiles.

Nacido en Irapuato en 1924, Ruiz García abrazó la llamada Teología de la Liberación en la década de los 60 y con ella la defensa de los derechos humanos de los indígenas. En esta misma lucha se inscribieron, en aquellos años, varios obispos de América Latina que dejaron una profunda huella en la historia de la región, entre ellos Oscar Arnulfo Romero en El Salvador, Hélder Cámara en Brasil, Jesús Silva Enríquez en Chile y Juan Landázuri en Perú.

La figura de don Samuel Ruiz cobró notoriedad mundial como resultado del estallido del movimiento zapatista el 1 de enero de 1994. Muchos lo acusaron de estar detrás de los insurgentes debido a que su trabajo pastoral sirvió para despertar la conciencia de miles sobre la opresión de los indígenas. Sin embargo, debido a su arraigo y al respeto que tenía entre éstos, el gobierno de ese entonces lo nombró mediador entre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y las autoridades federales.

Quienes participaron en las negociaciones para solucionar el conflicto armado, como Manuel Camacho Solís y Luis H. Alvarez, recuerdan que el papel del obispo fue clave para despertar una mayor conciencia sobre la problemática de los indígenas en México y lograr la paz.

Desde hacía 11 años, don Samuel vivía en la ciudad de Querétaro, donde aún oficiaba misa y contaba con muchos seguidores que no olvidaban su labor en favor de las clases más desprotegidas.

Hoy, cuando la Iglesia católica atraviesa por una de sus más graves crisis debido a los escándalos de curas pederastas, la ausencia de Ruiz –un auténtico representante de la Iglesia, deja un vacío que parece imposible de llenar.

María Luisa Arredondo es directora ejecutiva de Latinocalifornia.com

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