Palabra amenazada

David Torres.

El 30 de mayo de 1984, con la inmediatez que requería la tragedia, se difundía en México la noticia de un asesinato que conmovió e indignó a todos los sectores de una sociedad que ansiaba y luchaba por un cambio en la vida democrática de ese país, incluidos los medios de comunicación y el ámbito académico: a plena luz del día en el D.F. caía abatido por un disparo a quemarropa en la espalda el periodista Manuel Buendía, autor de la columna Red Privada que publicaba en el diario Excélsior.

No era el primer comunicador que terminaba sus días de ese modo en la historia de una nación tan disímbola e inequitativa como la mexicana, pero desde entonces a la fecha el ejercicio del periodismo ha estado amenazado cada vez más, hasta derivar en la actualidad en la constante intimidación por parte de la llamada delincuencia organizada, ese otro tipo de poder que se ha enquistado en todos los niveles de la dinámica social en México. Antes se asumía que era necesario tener cuidado solamente del poder político; ahora se agrega el narcopoder a los obstáculos de quien informa.

Nombres de periodistas como Héctor Félix Miranda, Linda Bejarano, Raúl Gibb Guerrero, Felícitas Martínez Sánchez, Teresa Bautista Merino o Amado Ramírez Dillanes han pasado a engrosar la lista de víctimas mortales en los últimos 25 años, y cuyos casos han quedado en la total impunidad.

Jesús Blancornelas, del semanario Zeta, de Tijuana, fue otro de los comunicadores que sufrió en carne propia la insensatez de un atentado el 27 de noviembre de 1997, del que logró salvar la vida, pero que le trastocó por completo su cotidianeidad, no así su puntual entrega profesional, hasta su muerte en 2006. El caso de Lydia Cacho también es emblemático, pues al desentrañar las redes de corrupción entre autoridades y empresarios en el delito de la trata de blancas, sufrió vejaciones e intimidaciones que por poco le cuestan la libertad y la vida.

Es sabido que diversos medios de información, sobre todo en el norte de la República Mexicana, donde la presencia del crimen organizado es mucho más patente, han decidido desde hace tiempo no cubrir temas relacionados con las actividades de los carteles. Amenazas, secuestros o asesinatos han sido las consecuencias para quienes contravienen a los, de algún modo, nuevos “jefes de información”, que a su manera “sugieren” lo que se debe publicar y lo que no.

El secuestro de cuatro reporteros la semana pasada en Durango mientras cubrían una protesta frente a la cárcel de Gómez Palacio viene a ser el más reciente episodio en la historia de la vulnerabilidad en la que se encuentran los trabajadores de los medios. La afortunada liberación de tres de ellos, sin embargo, no exime a los responsables de dicho plagio.

Con más de 100 periodistas asesinados en los últimos 25 años, más de 40 de los cuales entre el régimen de Vicente Fox y lo que va del sexenio de Felipe Calderón Hinojosa –según recuento de organizaciones gremiales como la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap) y la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos (Fapermex)–, México se ha convertido en el segundo país donde los comunicadores tienen más riesgos, sólo después de Irak, en el que permanece un ejército de ocupación que protagoniza un papel bélico; Barack Obama, presidente de Estados Unidos, ha anunciado el retiro de territorio iraquí de tropas para finales de agosto, lo que entonces supondría que la inseguridad periodística disminuirá ahí, dejando la plaza del peligro informativo vacante nada menos que para… México.

Es cierto que la actividad comunicativa implica variadas contingencias, que no es una de las profesiones más filosóficamente respetadas por los poderosos –hay quienes absurdamente aseguran, incluso desde posiciones de mando en algunos medios de comunicación, que “cualquiera” la puede ejercer–, y con el advenimiento de nuevas plataformas de tecnología informativa en el mundo cibernético la reorganización laboral de esta actividad ha causado desajustes momentáneos en lo que se había ganado a lo largo de la historia del periodismo, como uno de los elementos más concretos del derecho a la información y la libertad de prensa.

Sin embargo, el acto civilizatorio que implica tener un periódico en las manos, sustituido ahora paulatinamente no sin cierto eufemismo por la ramificación digital, ha estado bajo amenaza constante. Pero históricamente ha logrado prevalecer, a pesar de los entusiastas de su extinción que buscan moldear una sociedad informativamente ciega ante el tipo de mundo que ya está a la vuelta de la esquina, vapuleando la parte más sensible de la condición humana.

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