Origen y destino sin esperanza

David Torres.

Desprenderse del origen –de la tierra que lo vio nacer—no es un acto estrictamente voluntario del inmigrante. Obedece a factores que avergonzarán eternamente al género humano. Es decir, a pesar de tantas luchas a lo largo de la historia por superar los escollos del hambre, la miseria, el desempleo, la persecución política o religiosa, o el acceso a la salud o a la educación, millones de seres que jamás se han visto cerca siquiera de los satisfactores elementales que les permitan un sano desarrollo personal y social, han tenido que decidir el angustiante abandono de sus países. Así lo entendieron los 72 migrantes latinoamericanos que, en su camino hacia Estados Unidos, fueron masacrados en el estado mexicano de Tamaulipas la semana pasada.

Sólo uno que iba en el grupo logró salvarse de la matanza, y ha sido a partir de su testimonio que el mundo supo lo que había ocurrido en la localidad de San Fernando. Según el joven ecuatoriano, al negarse a formar parte de la organización que él señaló como Los Zetas –ex brazo armado del cartel del Golfo–, fueron literalmente fusilados en una especie de bodega ubicada al lado de una carretera. Los sueños de esos jóvenes hondureños, guatemaltecos, salvadoreños, ecuatorianos y brasileños de superar su situación económica se esfumaron en un rancho mexicano.

¿Qué mensajes se desprenden de este acto de barbarie? El más inmediato es que se trató de una represalia fulminante por la negativa a pasar a engrosar las filas de la delincuencia organizada, a pesar del ofrecimiento de una paga. Imperó la dignidad de los migrantes ante la soberbia de las armas.

Sin embargo, una segunda interpretación conduce al amedrentamiento a distancia; es decir, todo aquel que atraviese por México en su camino a EEUU está expuesto a toparse con dicha clase de grupos armados. Y siendo éste el primer incidente que se conoce, la lógica impele a pensar que seguramente ha habido otros casos trágicos que han quedado en el anonimato; o bien, que otros migrantes no han tenido más opción que aceptar. Esto último implicaría que hay un nuevo uso del indocumentado en territorio mexicano: el sicariato.

Es esta nueva vertiente en la que tendrían que pensar los países involucrados –incluyendo, por supuesto, a Estados Unidos–, pues por una parte la falta de oportunidades en los lugares de origen y, por otra, la “ilusión” que aún despierta la primera potencia mundial (cuya economía, por cierto, no se encuentra en su mejor momento) impulsa aún a millones de personas a buscar mejores niveles de vida para ellos y para los suyos en tierras ajenas. Muchos creerán que si la delincuencia organizada en México les garantiza eso, no lo pensarán dos veces y se sumarán al ámbito del terror para solucionar, momentáneamente, su situación.

En efecto, es un giro peligroso el que ha dado la historia de la migración en estos tiempos. ¿Quién se beneficia de todo esto? ¿Quién se perjudica con todo esto? Estados Unidos no deja de ser el primer consumidor de estupefacientes en el mundo. México no deja de ser la plaza actual de la guerra de los carteles del narcotráfico. El resto de América Latina no deja de ser un proveedor natural de migrantes. Es un mercado absolutamente claro, pero moralmente denigrante.

Emigrar no es una historia que ocurra cada cierto tiempo, sino que es permanente, siempre ha estado ahí y se ha venido arrastrando durante siglos. Salir en busca de lo necesario para sobrevivir es una constante mundial y los polos de destino suelen ser las economías más poderosas. Es una ecuación sencilla que no todos entienden ni quieren aceptar. En esta etapa de la historia de la humanidad, Estados Unidos se ha convertido en dicha tabla de salvación; en su momento fueron Babilonia, Fenicia, Grecia, Roma, Tenochtitlan… cuyos pueblos alrededor aspiraban a obtener un poco de la riqueza centralizada en dichos imperios.

Nada cambia. Pero siguen muriendo los más vulnerables.

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