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México ayer y hoy

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28 de julio, 2011

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María Luisa Arredondo.

Hace un siglo, el entonces dictador Porfirio Díaz echó literalmente la casa por la ventana para celebrar los primeros cien años de la Independencia mexicana.
Con la visión propia de un gobernante que buscaba trascender en la historia a través de obras monumentales, mandó construir lo que es hoy uno de los símbolos más hermosos de la identidad mexicana: la columna del Ángel de la Independencia, que se yergue fastuosa sobre el Paseo de la Reforma del Distrito Federal.
Muchos críticos del gobierno actual se han puesto a comparar ese magnífico monumento con la fallida Estela de Luz, que supuestamente se inauguraría este septiembre, como una prueba más de la ineficiencia que reina en la administración calderonista.
Como se sabe, la obra no sólo no estuvo a tiempo para la conmemoración del 200 aniversario de la Independencia sino que ni siquiera ha empezado a edificarse y su costo subió de 200 millones de pesos a 690 millones de pesos.
Si bien, guardadas las proporciones, la comparación de ambos gobiernos es válida en lo que se refiere a las obras y a la organización para celebrar las fiestas patrias, el verdadero asunto que tendría que debatirse es qué tanto ha cambiado el país en los últimos cien años.
En 1910, México tenía 15 millones de habitantes, la mayoría inmensamente pobres y sin posibilidad alguna de superar su condición socioeconómica porque la movilidad social era prácticamente inexistente. Siete millones eran analfabetas y seis millones de indígenas eran monolingües. El mayor problema que enfrentaba el país, sin embargo, era su gobierno anquilosado, sostenido por un anciano de 80 años que se resistía férreamente al cambio y a dejar el poder, a pesar de haberlo detentado por 34 años. Esta falta de esperanza fue la que abrió la puerta para que Francisco I. Madero iniciara la rebelión armada que dejó al menos un millón de muertos.
Hoy México es una nación de contrastes de la que no han podido ser desterradas la injusticia social ni la desigualdad. De sus 108 millones de habitantes, 50 millones viven en la pobreza, por lo que cada año cientos de miles se ven forzados a emigrar en calidad de indocumentados a Estados Unidos. Pese a ello, la economía del país está considerada como la novena del mundo. Pero tal vez el avance más significativo es que se ha convertido en una sociedad caracterizada por la pluralidad política y por una democracia incipiente, pero democracia al fin y al cabo.
A diferencia de hace cien años, cuando había un régimen dictatorial que impedía la alternancia política y la libre expresión de las ideas, hoy los mexicanos ventilan abiertamente sus diferencias, opinan, piden cuentas y cuestionan a sus gobernantes, como ocurre en el caso de la estrategia contra el narcotráfico que es, al lado de la corrupción, el principal enemigo que enfrenta la nación.
En este contexto, es cierto que el aniversario número 200 de la Independencia no deja muchos motivos para el júbilo desbordado, pero creo que tampoco es justo irse al otro extremo. Lo ideal sería que la ocasión sirviera para abrir el espacio a la reflexión objetiva y serena sobre lo que hemos avanzado y lo que nos falta para convertirnos en lo que los héroes que nos dieron patria soñaron: un país libre, justo, pacífico y democrático, aunque todo ello suene a lugar común.

María Luisa Arredondo es directora ejecutiva de Latinocalifornia.com

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