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Entre el poeta y el presidente

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28 de julio, 2011

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Agazapados, protegidos por esa invisibilidad que les da el haber infundido el terror mediante los grupos de la

David Torres.

delincuencia organizada, es seguro que los estrategas de la violencia que tiene postradas a varias regiones de una nación como México hayan visto, quizá con una leve sonrisa en el rostro, el diálogo que protagonizaron el poeta Javier Sicilia y el presidente Felipe Calderón en el Castillo de Chapultepec el pasado 23 de junio, encuentro transmitido en vivo por diversos medios de información.

De algún modo, este acercamiento también podría formar parte de su “obra” al parecer aún inconclusa.

Seguramente los que trafican en el mercado negro de las armas ni se inmutaron cuando a los familiares de las víctimas les tocó hablar, visiblemente dolidos.

No es de dudar que los delincuentes de “cuello blanco” que permiten en Estados Unidos el acceso de todo tipo de estupefacientes producidos en México y otras partes del mundo hayan bostezado un poco esperando que terminara lo más pronto posible lo que fueron a decir los representantes del Movimiento de Paz con Justicia y Dignidad en ese cónclave entre sociedad civil y gobierno.

Tampoco es imposible imaginar que los ejecutores de las órdenes más macabras hayan levantado los hombros al escuchar al mandatario mexicano ofrecer disculpas por los más de 40 mil muertos que tiene contabilizada la llamada “narcoguerra” desde 2006.

Porque mientras hablaban el poeta y el presidente, los actos violentos y las muertes no cesaron, la maquinaria criminal continuó con su cometido defendiendo ese multimillonario negocio con las armas en la mano y los consumidores de drogas seguramente tuvieron su mercancía a tiempo. Una ecuación que ha fisurado permanentemente el tejido social de un país que recién empezaba a reacomodarse en su propio eje histórico en democracia, pero que el régimen actual no ha podido cambiar.

Calderón se atrevió a decir que muy probablemente sea recordado como “el presidente de los 40 mil muertos”, pero que a pesar de ello no cambaría su estrategia. Sicilia, por su parte, le hizo notar que las instituciones están podridas por la corrupción, dejando entrever que por ello se facilita la actuación de los cárteles. Por ejemplo, sin estar en la lista de invitados, según Sicilia en declaraciones a “Proceso”, Genaro García Luna, titular de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), se apersonó en la reunión, causando la incomodidad de los integrantes del Movimiento, dados los señalamientos que pesan sobre el funcionario y que describe puntualmente la periodista Anabel Hernández en su libro “Los señores del narco”.

Es decir, ya cada parte conoce sus objetivos y las debilidades de la otra, todos tienen claro el panorama de lo que está ocurriendo –cada vez más in crescendo–, a ninguno escapan sus particulares razones para haberse sentado a dialogar en uno de los sitios más emblemáticos de la historia de México (y donde se firmaron los Acuerdos de Paz de El Salvador en 1992), pero, sobre todo, a la delincuencia organizada le ha convenido incluso este acercamiento: ahora sabe que el mandatario ha reconocido que en algunas zonas del país las autoridades están cooptadas y que, en ese sentido, ya le ganaron el terreno; que eso, en buena medida, es el preámbulo de un Estado fallido que facilita aún más la extensión de su poderío; que el Ejecutivo proseguirá con la guerra contra dichas organizaciones y, al hacerlo, garantiza la bonanza de las armerías donde se surten sus integrantes para defenderse de las arremetidas del Ejército y la Policía; y que todo ello significa que el negocio del narcotráfico sigue y seguirá en pie sin perder el aspecto que más lo caracteriza, que es la violencia, una violencia que ha destrozado a cientos de familias.

Sí, en efecto, hace falta un cambio urgente de estrategia, pero no solo en el aspecto policiaco-militar sino en la forma de abordar un enorme problema de salud pública y moral, al mismo tiempo que ayudar de una vez por todas a un país que, por fortuna, siempre ha sido más fuerte que sus conflictos. Pero esta vez se dejó crecer, confiando en que el tiempo se encargaría de aniquilar dicho problema.

Ya se comprobó que no y que, a pesar de las buenas intenciones, se corre el riesgo de convertirse en un círculo vicioso que podría derivar en un diálogo de sordos, donde el tercero en discordia (el narco) estaría, para su propio beneficio, tomando nota de los avances o retrocesos tanto del gobierno como de la sociedad organizada, a unos pasos de las elecciones presidenciales de 2012.

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