En defensa propia

David Torres.

A sus 77 años de edad, Alejandro Garza Tamez decidió lo que el gobierno mexicano no ha podido hacer con su población civil en zonas de alto riesgo por la cada vez más creciente y peligrosa actividad de la delincuencia organizada: defenderse. Ni más ni menos. Su acto de valentía, lamentablemente, le costó la vida, pero al mismo tiempo representó de inmediato el nivel de hartazgo de un país donde la seguridad sólo ha quedado en el discurso oficial, tan lleno de pésames en los últimos tiempos.

Ofrendarse de ese modo, luego de rechazar el despojo de su propiedad en Tamaulipas, puso a Don Alejo en el centro de una lucha que está llevando a la imagen de México a la cúspide de su deterioro en el terreno de la inseguridad.

Los hechos son simples, pero con un profundo significado: según consta en los reportes oficiales y de los medios mexicanos, tras la amenaza recibida el sábado 13 de noviembre de abandonar su rancho cerca de Ciudad Victoria, Don Alejo pide a sus empleados no presentarse a trabajar al día siguiente. Colecta todo el arsenal del que dispone en casa, lo coloca estratégicamente y sólo espera a que lleguen los sicarios.

Con la obediencia que impera en estos casos y que han demostrado puntualmente todos aquellos que se han pasado al bando de los carteles, un grupo de hombres armados llega al rancho de Don Alejo el domingo 14 en la madrugada rompiendo el silencio de la noche con ráfagas al aire haciendo accionar las armas que portan, pero como respuesta se les recibe a tiros. Estos empiezan a contestar, también, con granadas de mano.

En la refriega mueren cuatro pistoleros y dos quedan heridos.

Una vez que cesan los disparos desde la casa, los hombres que quedan entran en la propiedad y, para su sorpresa, se dan cuenta de que solamente Don Alejo los había enfrentado. Y luego huyen, pues asumen que las autoridades militares no tardarán en llegar.

En efecto, cuando arriba el contingente del Ejército, pensando en hallar una masacre en el interior de la casa de Don Alejo, se percata de que solamente está el cadáver del agricultor y ganadero, a un lado de las armas que usó para defender lo que era suyo, de su familia y de sus empleados.

Sí, así de simple y heroico, y así de simbólico y trágico.

Hace mucho tiempo ya que la ley del más fuerte ha echado raíces en el norte de México, básicamente Chihuahua, Tamaulipas y Nuevo León (de donde era originario Don Alejo), tres estados estratégicos para el trasiego de drogas que alimentan el mercado de consumidores de estupefacientes más grande del mundo: Estados Unidos.

Un mercado estrictamente custodiado por las organizaciones mexicanas dedicadas a este negocio, pues les da, según un documento del Centro para la Nueva Seguridad en Estados Unidos,. entre 25 mil y 40 mil millones de dólares en ganancias anuales, alrededor del 5% del Producto Interno Bruto (PIB) o el doble de las remesas que envían al año los mexicanos que radican fuera de su país.

Quizá el rancho de Don Alejo les era imprescindible para su tarea, y lo querían para sí. Como en esas viejas películas mexicanas del género “taco western”, donde las bandas de forajidos hacían todo lo posible a través de la violencia para que la gente del pueblo o los dueños de alguna hacienda se fueran, a sabiendas de que había algún tesoro escondido, o bien con el fin de utilizar la zona o las propiedades para sus propios fines, obviamente fuera de la ley, en contubernio con las autoridades locales. ¿Suena cinematográficamente familiar? Bien, pues ya no es ficción.

El sacrificio del señor Garza Tamez también confirma la proliferación de armamento de alto poder, proveniente de Estados Unidos, un segundo mercado que contradice todo esfuerzo de pacificación en esa zona, armas que servirán para quitar de en medio a quien “obstaculice” ese multimillonario negocio en el que ambos países comparten ganancias, pérdidas y sobre todo responsabilidades.

Veamos qué dice al respecto la filtración de Wikileaks en torno de la “narcoguerra” en México, una vez que se den a conocer en los próximos días más contenidos de los documentos, en manos, entre otros, de los periódicos The New York Times, El País o Le Monde. Es seguro que habrá sorpresas, nombres, frases y descripción de situaciones.

Mientras tanto, el acto que en defensa propia realizó con honor y valentía Don Alejo al frente de su rancho en Tamaulipas –que ya trascendió a la inmortalidad que sólo da la musicalidad y versificación de un corrido– es un parteaguas simbólico en ese conflicto, pues independientemente de lo que surja de las investigaciones, al mismo tiempo representa un acto en defensa de la mayoría de la población que nada tiene que ver con esta barbarie de la que es víctima y a la que no se le ve fin.

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