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El voto del miedo

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27 de julio, 2011

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La lectura inmediata de las elecciones realizadas el 4 de julio en México muestra cuando menos dos resultados

David Torres.

evidentes: de las 12 gubernaturas en disputa, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ganó en nueve estados; sin embargo, perdió –luego de 80 años de hegemonía—Oaxaca y Puebla, además de Sinaloa, entidades que estarán ahora en manos de una coalición de partidos, entre los que destacan el de Acción Nacional (PAN) y el de la Revolución Democrática (PRD). Curiosa mezcla entre derecha e izquierda, irreconciliables en 2006 cuando ganó por estrecho y polémico margen el panista Felipe Calderón la Presidencia de la República, frente al perredista Andrés Manuel López Obrador. La secuela de la animadversión entre estas dos figuras, y sus respectivas bases, ya es parte de la incultura política contemporánea en ese país.

Para la cuantificación de movimientos de piezas del eternamente enmarañado ajedrez político mexicano, lo anterior podría interpretarse, por una parte, como una inclinación del voto en favor del priismo, lo que incluso muchos han querido ver como una “añoranza electoral” o un “ensayo verídico” de lo que se espera en los comicios presidenciales de 2012; por otra, como la posibilidad de las alianzas partidistas de frenar los intentos del PRI de retornar a Los Pinos. Pero la simpleza de las matemáticas electorales siempre se topa con la complejidad de las variables no controladas de toda contienda, entre las que destaca, sobre todo, el abstencionismo.

El grosero despilfarro de los más de 3,000 millones de pesos que costaron estas elecciones, entre otras cosas para que los diversos partidos trataran de convencer a 31 millones de mexicanos a fin de que depositaran su voto en las urnas el domingo pasado, no han servido de mucho, cuando las cifras de quienes no acudieron a ejercer su derecho al sufragio rebasó el 60%, especialmente en entidades donde la violencia del crimen organizado se ha vuelto parte de la cotidianeidad. Por ejemplo, Chihuahua, Tamaulipas y Sinaloa, que se han convertido en sedes naturales de los diferentes carteles del narcotráfico, cuya acción y reacción contra la fracasada “guerra” de Calderón ha dejado más de 25 mil muertos, una buena parte víctimas que nada tenían que ver con ese flagelo.

Es ahí donde la clase política mexicana, de cualquier partido, debería enfocar sus esfuerzos, no en discursos apresurados y triunfalistas, en los que palabras como “contundente”, “irrefutable” o “incuestionable” suenan, más que huecas, desesperadas por conservar los cotos de poder de esta rebatinga de votos, en la que toda aspiración ciudadana por salvar la República queda definitivamente al margen.

En ese sentido, la desilusión se mezcla con una amenaza latente, que da por resultado el inocultable voto del miedo: es decir, ese que no se ejerce por temor a la delincuencia organizada y porque, a la postre, hace concluir que “no sirve de nada”. El ejemplo más visible es el de Tamaulipas, donde apenas una semana antes de los comicios fue asesinado, junto con algunos miembros de su equipo de campaña, Rodolfo Torre Cantú, candidato del PRI a la gubernatura de ese estado, sin que hasta el momento se tenga noticia de los responsables. El relevo de su hermano Egidio hizo que al menos no se ensombreciera aún más esa contienda, pero el nivel del abstencionismo rebasó, efectivamente, el 60%, según las autoridades electorales.

Si a eso se suma que cientos de funcionarios de casilla renunciaron de antemano a cumplir con su encomienda, presionados y temerosos de las actividades de los carteles del narcotráfico, lo que queda preguntarse es si los resultados de esta justa electoral los dieron los ciudadanos que aún creen en la democracia y salieron a votar a pesar de todo; o bien es producto de los intereses que se han ido creando desde los niveles más básicos hasta los más elevados del ejercicio del poder, muchas veces por la vía de la violencia. Italia en su momento fue el laboratorio sangriento de sus mafias, hasta que no hubo más remedio que “pactar”; Colombia pagó una factura que no se merecía su pueblo, y México ha sido adoptado en este momento de la historia latinoamericana como el “ensayo de un crimen” perpetuo que se ha ido acomodando en la conciencia nacional como algo ya inevitable y con el que, de algún modo, hay que convivir.

Faltan dos años para las elecciones presidenciales en México. Seguramente los estrategas de los diversos partidos políticos se concentrarán a partir de este momento en diseñar sus diferentes formas de lucha para ganar o, en todo caso, no perder donde aún se tiene el control. Pero, lamentablemente, no pasarán de ese nivel. No pensarán en el país que han destrozado. No valorarán la indignación ciudadana. Como siempre, sortearán la impotencia popular con mensajes electoreros de una nación ficticia. Y, en medio de todo eso, si sólo se enfocan mezquinamente en su propia salvación partidaria, el voto del miedo se afianzará como la parte más actualizada del sistema político mexicano. Y el país, entonces, terminará definitivamente en manos de otras fuerzas, las cuales ya han mostrado con creces la sangrienta contundencia de su poder.

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