how to treat alopecia

Facebook
Twitter
Google +1
LinkedIn

El siego de Avila

|

28 de julio, 2011

|

¿Sabes el origen y significado del nombre de tu ciudad o pueblo natal?

Roberto Alvarez-Quiñones.

La respuesta a la pregunta formulada arriba puede ser fácil para unos, pero no para otros, como fue mi caso por bastante tiempo. Y tengo dudas de si quienes viven en Pénjamo o Irapuato (México), Guaracabuya o Puerta de Golpe (Cuba), Aracataca (Colombia) o en el incaico y celebérrimo Cuzco, saben todos el origen y significado de tan peculiares nombres.
Desde niño quise saber el de mi pueblo natal en el centro de la isla de Cuba, sin mucho éxito. “¿Pero por qué se llama Ciego de Avila…? insistía yo una y otra vez , hace más de medio siglo, intrigado por el origen de aquel nombre tan extraño.
La mayoría de las veces ponía en aprietos a familiares y amistades, que no atinaban a decirme algo creíble . Mis amiguitos no tenían ni idea, y además, les importaba un comino el nombre de nuestro terruño natal.
Yo, en cambio, quería saberlo. Aquella curiosidad tal vez explica por qué luego me dediqué a escribir. Recuerdo que todos me daban explicaciones vagas. Algunos me decían que hacía “mucho, mucho tiempo” vivía allí un ciego de apellido Avila. En fin.
Fue ya bastante crecidito, en 1970, que como periodista llegué desde La Habana a Sancti Spíritus — 80 kilómetros al este de Ciego—y buscando datos en la biblioteca pública para escribir una crónica sobre los orígenes de esa ciudad colonial me cayó del cielo un tesoro. Casi despedazado encontré un libro de 1888 en el que el historiador espirituano Rafael Pérez Luna además de explicar cómo nació una de las primeras siete villas de la isla, se extendió generoso hacia el oriente y develó el misterio avileño.
Veamos lo que descubrí. El territorio que hoy ocupa la ciudad de Ciego de Avila –ahora con 120,000 habitantes y capital de provincia—y sus alrededores a principios del siglo XVI formaba parte del cacicazgo de Ornofay, ubicado en la zona del actual poblado de Jicotea, unos 12 kilómetros al oeste de Ciego. Allí vivían aborígenes taínos que se dedicaban a la caza y a una muy incipiente agricultura, seguramente estimulados por la gran fertilidad de las tierras rojas, consideradas de las mejores de la isla.
Un día el Adelantado (gobernador) Diego Velázquez envió a ese lugar a Pánfilo de Narváez, su “mano derecha”, quien se entrevistó con el cacique Ornofay. El jefe indio le ofreció al conquistador comida y guías para que continuase viaje al occidente.
El propósito de Velázquez era observar el lugar y realizar un conteo de los indios allí para tomar una decisión. Y la tomó. Tan pronto fue fundado Sancti Spíritus, en 1514, los peninsulares se lanzaron arcabuz en mano sobre los indios de Ornofay.
Rápidamente los esclavizaron y en no pocos casos les arrebataron a sus mujeres, de bronceadas y apetitosas curvas según dejó asentado en alguna parte de su diario un libidinoso conquistador. Muchos indios, que no conocían arma de ningún tipo, huyeron despavoridos y no pudieron ser capturados.
El ‘oasis’ de Avila
Fue unos pocos años más tarde, en 1538, que el cabildo de Sancti Spíritus le concedió a un peninsular llamado Jácome Avila la merced de tierras realengas (ya España las consideraba suyas, o sea, del Rey) en esa zona del desplazado jefe Ornofay.
Seguramente familiares y amigos se asombraron y le advirtieron a Avila que aquello era un desatino, escoger para asentarse un lugar tan lejano, solitario e inhóspito. Pero Don Jácome sabía que no era una locura. El avispado “inversionista” percibía que como entre las villas de Puerto Príncipe y Sancti Spíritus, a unos 190 kilómetros de distancia entre sí, había un constante tráfico de colonizadores y comparsa, una posada-mesón justo en la mitad del camino entre ambas incipientes urbes sería una mina de oro.
Ni corto ni perezoso Avila segó los montes del lugar y fundó una hacienda con posada y mesón. Los agotados hombres de a caballo en su andar cuasi infinito al tropezar con aquel “parador” que les ofrecía comida, vino y camas, creían estar sufriendo alucinaciones y viendo oasis imaginarios causados por el asfixiante calor y aquel sol implacable que les calcinaba el tuétano .
Pero aquel alto fresco en la soleada sabana inacabable era de verdad. Así, cuanto jinete tenía que zumbarse el extenuante trayecto entre las dos villas hacía noche en el improvisado hostal de Avila, amén de cenar, beber y darle lo suyo a las bestias que los transportaban. Y nadie está hoy en condiciones de negar o afirmar si los servicios ofrecidos incluían o no los favores de alguna que otra taína de “muy buen ver”, como las calificara el deslumbrado Gran Almirante en su Diario de Navegación. Pero no especulemos que de eso Pérez Luna no dice una palabra.
La C por la S
Los agradecidos viajeros empezaron a llamar el ciego de Avila a aquel “motel” providencial en medio del monte infinito ya que el vocablo ciego, con C, significaba siego de segar vegetación y bosques, pero que en el castellano antiguo del amigo Cervantes se escribía con C y no con S.
O sea, que ciego con C era un espacio abierto en el monte que podía ser una sabana natural o una “tumba” hecha por el hombre para la crianza de ganado. Y claro, con la repetición “el ciego de Avila” quedó acuñado como nombre de la hacienda-posada-mesón tan estratégicamente colocada .
El éxito del próspero Don Jácome trascendió y llegaron competidores a la zona. Fue una “fiebre de la hostería” –muy anterior al frenesí aurífero que tres centurias después convirtió a California en la Tierra Prometida del oeste estadounidense–, para hospedar a jinetes, fuesen burócratas o militares. A mediados de ese siglo ya había otras haciendas, y para 1612 estaban constituidos los ciegos de Jagueyal, Júcaro, Sitio Nuevo, Dos Hermanas, La Redonda, y otros más alejados.
No obstante, a los nombres de ninguno de esos poblados se les antepuso la palabra Ciego, que quedó como una exclusividad del original fundado por Avila, que además era el más grande y boyante de todos.
Los colonizadores quisieron llamarle de otra manera. Según el libro de la Parroquia Mayor de Sancti Spíritus, en 1688 se creó “el curato de monte del partido de San Eugenio del Ciego”, por mandato del obispo de La Habana, el célebre Diego Evelino Hurtado de Compostela.
Pero dicho nombre no prosperó para la ciudad, que le siguió siendo fiel al emprendedor Avila , sino sólo para la parroquia y posteriormente para el archivo del curato que fue creado personalmente por el delgaducho y no menos conspicuo obispo Juan José Díaz de Espada, en una visita que hizo a la iglesia avileña en 1804.
¿Ornofeño, o avileño?
Obviamente a ningún colonizador se le iba a ocurrir que la ciudad debía llamarse Ornofay, en honor al líder de los indios taínos que allí vivían antes de que irrumpiese el maremoto de hombres blancos con cascos brillosos llegados nadie sabía de dónde. Claro, de habérsele hecho justicia al memorable cacique hoy yo sería ornofense, u ornofeño, y bien feas que me suenan las dos palabritas. Francamente prefiero ser avileño ¿alguien no?
Finalmente, en 1877, por orden del rey Alfonso XII, Ciego de Avila se convirtó en municipio. Y me permito un dato familiar: del primer cabildo (el concejo municipal fundacional) constituido formó parte mi bisabuelo Don Jesús Morgado y Echemendía, quien al año siguiente fue elegido alcalde.
La próspera urbe –hasta 1959– de la que hoy nos enorgullecemos los que allí nacimos siguió siendo el “siego de Avila”, el mismo que aquel despabilado pionero fundó 67 años antes de que el Quijote se fajase con los gigantes que anidaban en su cabeza.
Sin embargo, nadie tuvo luego el cuidado de cambiar la C por una S, y hoy en vez de escribir Siego de Avila lo hacemos con una falta de ortografía garrafal, de la que, por cierto, nunca me hablaron la doctora Suárez, la Cabrera, o la Lamas, mis calificadas profesoras de Español y Literatura cuando cursaba el bachillerato en mi entrañable patria chica.

Comments

comments

Share This Article

Otras Notas

Elijah Cummings, presente en la defensa de los inmigrantes
Elijah Cummings, presente en la defensa de los inmigrantes
‘Impeachment’ y registro de votantes deben ir de la mano 
‘Impeachment’ y registro de votantes deben ir de la mano 
La batalla por los Dreamers en una democracia en riesgo
La batalla por los Dreamers en una democracia en riesgo

Conéctate con los columnistas