El país que no será más

David Torres.

Casi 200 años después de su independencia, México vuelve a enfrentarse a una nueva forma de dominio. El yugo, es cierto, ya no es una tiranía extranjera, pero sí un poder absoluto: la diseminación del control territorial por parte de los carteles de la droga da cuenta no solamente de la capacidad logística de la delincuencia organizada, sino de su arrasadora influencia para convertir a ese país en un secuestrado más. Independizarse de esa situación no será la tarea más fácil en esta etapa de su historia.

Con más de 28 mil muertos en lo que va del gobierno de Felipe Calderón no se puede decir que se va gananado la “guerra” al narcotráfico. El propio presidente mexicano ha tenido que admitir que, en todo caso, ese conflicto es “de todos”, una vez que se ha percatado de la imposibilidad del Estado de combatir y eliminar a los que él mismo identificó como sus enemigos. Los mexicanos sólo han ido quedando atónitos ante cada discurso… y ante cada muerto.

La petición de unidad y ayuda que ha hecho el mandatario a los gobernadores, por ejemplo, viene a ser una prueba más de las limitaciones tanto de policías como de militares en un conflicto interno que más parece guerra civil que una persecución de bandidos.

Cada estado, de hecho, tiene ya una muesca de la problemática que implica lidiar con ese Estado paralelo que han establecido los carteles. Y éstos van por más, a pesar de que ya tocaron en su momento a los sectores político y empresarial, que ya sobornaron a mandos militares y policiacos, y que ya amedrentaron a la prensa.

En efecto, a diferencia de otros hechos que han dado a México su equilibrio en la historia, el del narco ha cerrado al parecer toda opción de mantener el espíritu libertario que emanaba de cada gesta. La guerra de Independencia, la pérdida de gran parte del territorio, el Imperio de Maximiliano, los conflictos de Benito Juárez, la etapa porfirista o la Revolución de 1910 se plantearon en su momento como parteaguas históricos de los que nacía una nueva sociedad, pues independientemente de lo ganado o lo perdido el cambio aparecía como el nuevo sendero. En el caso de la contundente presencia del crimen organizado, sin embargo, lo que se persigue no es un cambio social, sino la exigencia del rescate por ese México secuestrado.

El precio de ese plagio está saliendo muy caro, no sólo por la gran cantidad de víctimas mortales, sino por la pérdida de valores esenciales como el respeto a la vida, a los derechos humanos, a la salud, a la educación, al desarrollo intelectual y científico que, hoy por hoy, han quedado rezagados porque pareciera que lo único que ocurre en esa nación es violencia. Nada más falso.

Pero, en efecto, es una violencia que ofende sobre todo cuando las nuevas generaciones se dan cuenta del país que les ha quedado. ¿Qué posibilidad de transformación en beneficio de las mayorías podrá emanar de una situación así, cuando lo que busca cada parte no es más que un control total para confirmar su unilateral poderío? Los habitantes, al parecer, son lo que menos les importa.

El país que no será más está por nacer, es un hecho, pero lamentablemente en este momento tiene obstaculizada y comprometida su nueva independencia.

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