El mal no viene solo

David Torres.

Las secuelas que está dejando en la sociedad mexicana la creciente ola de violencia en diversos estados no remiten sólo a la fría cifra de muertes que se incrementa cada día. Los alrededor de 28 mil fallecimientos derivados de las acciones de la delincuencia organizada han trascendido el nivel estrictamente estadístico para convertirse en un padecimiento notorio que afecta en lo inmediato tanto a la psique individual como a la social.

Era inevitable tal daño colateral. La “oferta” noticiosa a la que están sometidas las audiencias respecto de secuestros, desapariciones, masacres, decapitaciones, tortura o la presentación de supuestos delincuentes detenidos en operativos ha pasado a ocupar un lugar privilegiado en los medios de información. De tal modo que se ha desatado una reacción en cadena de estrés agudo, ansiedad, desesperación, frustración, tendencia al suicidio, delirio de persecución, entre otros síntomas, que a decir de expertos tiende a ser irreversible. Familiares, colegas o amistades que viven en México lo comentan cada vez con más frecuencia.

A tal profundidad han llegado dichos padecimientos en todas las capas sociales, que se ha incrementado en porcentajes inauditos la solicitud de ayuda urgente por parte de personas afectadas, en un país donde los servicios de salud mental no han tenido un cuidado específico por no ser considerada un área prioritaria.

Según datos publicados en diferentes medios mexicanos, el Sistema Nacional de Apoyo, Consejo Psicológico e Intervención en Crisis por Teléfono (Saptel), creado en 1993, recibe alrededor de cien llamadas diarias de parte de personas que han sufrido lo mismo extorsión que robo, e incluso han sido testigos de alguna ejecución. El deseo de salir de ese país es otro de los temas a través de las líneas telefónicas de dicho organismo que, por otro lado, tiene una capacidad de recibir unas dos mil llamadas diarias.

En ese sentido, no es gratuito que en una localidad tan afectada como por ejemplo Ciudad Juárez, Chihuahua –que originalmente apareció en el mapa periodístico como el lugar donde se han registrado los asesinatos más atroces contra mujeres, para después convertirse en una sede “natural” de enfrentamientos y ejecuciones como parte de las actividades del crimen organizado—se esté construyendo un hospital psiquiátrico que, según las autoridades de salud, tendrá una capacidad de 70 camas para atender tanto a niños como adultos, a cargo de 50 psicólogos especializados en atención de síntomas relacionados con la violencia social.

De hecho, el mismo secretario de Salud, José Angel Córdova Villalobos, reconoció en su momento en declaraciones al diario Reforma, que “el ambiente que rodea a esta ciudad, por la migración, por la violencia, por los migrantes que no logran pasar y están solos, los exponen al contagio del sida, a la depresión y a las adicciones. En Juárez, la patología está relacionada con el fenómeno de la neurosis y la psicosis, con las adicciones, la depresión. La inseguridad produce una inestabilidad psicológica y se requiere atención especializada”.

A ello se suma una novedosa investigación que se encuentra en sus etapas iniciales sobre el estrés periodístico, a cargo del maestro Rogelio Flores, de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuyo principal objetivo es, a decir del especialista, “reconocer si los reporteros y fotógrafos que cubren noticias de alto riesgo (narcotráfico, conflictos sociales, desastres naturales, etc.) están presentando algún tipo de malestar psicológico (ansiedad, depresión, estrés postraumático, somatizaciones, etc.) como resultado de su labor profesional”. Pionero en este tema en México, ofrece en su página en la Internet (www.estresperiodistico.org) una serie de cuestionarios para ser respondidos por trabajadores de los medios que presenten tales síntomas.

En efecto, uno de los fines que persigue toda violencia infligida a un país, ya sea que provenga de los grupos de poder o, como en el caso del México de hoy, de la llamada delincuencia organizada, es producir una sociedad amedrentada, que no sea capaz de reaccionar sino con temor. Poco a poco, quienes deciden las dosis de violencia, lo han ido convirtiendo en una nación que se empieza a tener miedo a sí misma.

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