El legado de Paz

Se fue un 19 de abril de hace 13 años, pero su pensamiento sigue vivo en la extensa obra literaria que nos legó.

María Luisa Arredondo.

Octavio Paz, premio Nobel de Literatura en 1990, no fue sólo el poeta y ensayista mexicano más brillante y destacado de la segunda mitad del siglo XIX, sino también una de las mentes más lúcidas y críticas de la sociedad que le rodeaba.

A Paz le tocó vivir, como ahora, épocas turbulentas. Nació en la Ciudad de México en 1914, cuando el país estaba en plena efervescencia revolucionaria y pasó los primeros años de su vida entre dos figuras polarizantes: su abuelo Irineo Paz, escritor e intellectual cercano al gobierno de Porfirio Díaz y su padre, Octavio Irineo Paz, simpatizante de la Revolución Mexicana y allegado a Emiliano Zapata.

La publicación, en 1950, de “El labertino de la soledad”, en la que explora el alma y la identidad de los mexicanos, le da fama y reconocimiento internacional. A partir de entonces se convierte en una de las voces más escuchadas y respetadas en México y el mundo de habla hispana.

Al igual que otros escritores como Alfonso Reyes y José Gorostiza, Paz dedica gran parte de su vida al servicio diplomático. En 1968, cuando era embajador de México en la India, el poeta sienta un ejemplo de lo que debe ser un intellectual con auténtica conciencia social al renunciar a su cargo, tras la matanza estudiantil de Tlateloco, a solo 10 días de que se inauguraran las Olimpiadas en México.

En su carta de renuncia, luego de expresar su total repudio a la forma como el gobierno había reprimido el movimiento estudiantil, Paz hace un análisis puntual de lo que, a su juicio, fue el detonante de los desórdenes:

“Es verdad”, apunta Paz, “que el país ha progresado. Sobre todo en su sector desarrollado, constituido tal vez por más de la mitad de la población; también lo es que la clase obrera ha participado, aunque no en la medida deseable y justa, en ese progreso y que ha surgido una nueva clase media. Pero este adelanto económico no se ha traducido en lo que, me parece, debería haber sido su lógica consecuencia: la participación más directa, amplia y efectiva del pueblo en la vida política. Concibo esa participación como un diálogo plural entre el gobierno y los diversos grupos populares. Es un diálogo que, de antemano, acepta la crítica, la divergencia y la oposición. Pienso no solo en el proceso electoral y en otras formas tradicionales y predominantemente políticas, tales como la pluralidad de partidos. Todo esto es importante pero no es menos que ese diálogo se manifieste, diariamente, a través de los medios de información y discusión: prensa, radio, televisión. Ahora bien, sea por culpa del Estado o de los grandes intereses económicos que se han apoderado en nuestro país de esos medios, el diálogo ha desaparecido casi por completo de nuestra vida pública”.

En ese entonces, como ahora, las palabras de Paz reflejan de manera diáfana la realidad mexicana. Los protagonistas han cambiado, pero el problema de fondo es el mismo: la falta de diálogo entre gobierno y sociedad para atacar a los verdaderos enemigos: la corrupción y las injusticias sociales que generan todo tipo de monstruos, como lo vemos ahora con el narcotráfico.

***María Luisa Arredondo es directora ejecutiva de Latinocalifornia.com

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