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El futuro hispano de EEUU

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28 de julio, 2011

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Las cifras hablaron por sí solas: 50.5 millones de hispanos viven actualmente en Estados Unidos. Eso corresponde al

David Torres.

16% de la población total del país, de 309 millones de personas, según los resultados del censo 2010, dados a conocer hace unas semanas. Una década atrás la cantidad era de 35.3 millones. Eso significa que el incremento fue más que significativo: 43%, convirtiendo a este grupo social en la minoría de mayor crecimiento en porcentaje en territorio estadounidense.

Los resultados de este conteo de población aparecieron en un momento de verdadero interés político, de un viciado debate migratorio y, sobre todo, de extrema preocupación económica para el que aún es considerado el país más poderoso del planeta, con China pisándole los talones.

A un año de que se lleve a cabo la elección presidencial, las fichas del ajedrez político estadounidense han empezado a moverse: por una parte, con la intención lógica del demócrata Barack Obama de reelegirse para otro período de cuatro años al frente de la Casa Blanca, pero todavía con el amargo sabor de las derrotas tras las pasadas elecciones de medio término, una de cuyas pérdidas más llamativas fue la de Nancy Pelosi, desbancada de la presidencia del Congreso por el republicano John Boehner; por otra, con diversas voces conservadoras buscando protagonismo en aras de lograr al menos la precandidatura de su partido para enfrentar al mandatario. El multimillonario Donald Trump, por ejemplo, con su desgastado discurso por el certificado de nacimiento del presidente.

Las herramientas de lucha política de ambos bandos son diversas, pero a ninguno escapa precisamente el factor demográfico y las variadas aristas que conlleva este fenómeno imparable, prácticamente desde el nacimiento de Estados Unidos como nación.

Por el lado republicano, son más los que desean detener el avance migratorio, sobre todo con la elaboración de proyectos de ley similares a la SB1070 de Arizona, que criminaliza la presencia de indocumentados. En las últimas semanas, otros estados han seguido el ejemplo de la gobernadora Jan Brewer, a saber Nuevo México, Utah y Georgia, a los que se sumaron también Kentucky, Dakota del Sur, Alabama, Tennessee, Arkansas, Mississippi o Carolina del Sur, de votantes y clase política en su mayoría republicanos, pero también con un incremento de población hispana considerable, según lo reveló la Oficina del Censo.

Por el lado demócrata, la indecisión visible y la endeble postura en torno al llamado DREAM Act (Development, Releif and Education for Alien Minors), que permitiría la regularización migratoria de miles de estudiantes indocumentados, así como el incremento en la cantidad de detenciones y deportaciones en los últimos tres años, muestran el doble discurso de este partido en torno al tema de la inmigración, como si no quisiera comprometerse a fondo para evitar otra herida política. Un nuevo coqueteo demócrata, por cierto, se vivió el martes 19 de abril cuando Obama se reunió con líderes de diversas organizaciones en la Casa Blanca para dialogar sobre el tema migratorio, pero sin avances ni compromisos concretos.

Por si fuera poco, la economía estadounidense no repunta, los estragos de la recesión aún se sienten, los salarios no suben, los precios tampoco bajan, el costo de gasolina está por encima de las nubes, la crisis inmobiliaria sigue dejando a miles de familias sin el hogar que soñaron y el desempleo no aminora, aunque las autoridades del Departamento del Trabajo hayan atenuado sus reportes mensuales diciendo que, esta vez, “hubo menos personas solicitando la ayuda por desempleo”, haciendo creer que eso significa nuevas contrataciones, cuando en realidad quiere decir que miles de desocupados han desistido ya de seguir buscando trabajo, pues no lo encuentran.

Esos períodos de búsqueda, por cierto, se han extendido hasta dos años. Quién puede vivir así, sobre todo en el “país más poderoso del mundo”.

En medio de todo ello, en fin, la población migrante no se detiene, y lo mismo llega a EEUU de los países de Asia, Europa y Africa, pero sobre todo de América Latina, con México a la cabeza de la aportación demográfica, tanto de los que arriban por primera vez, como de los que nacen en segunda y tercera generación.

El otro dato del censo remató con verdadera contundencia la presencia y el avance de la población hispana, al confirmar que desplazó en cifras en las grandes ciudades del país a los afroamericanos, convirtiéndose en la primera minoría en 191 de las 366 áreas metropolitanas.

Pero es curioso, aun con todas esas cifras –sin tomar en cuenta las inmensas aportaciones empresariales y culturales de la población hispana a lo largo de las décadas—pareciera que se le quiere minimizar, hacerla invisible o francamente extirparla de la vida y la historia contemporánea de Estados Unidos.

De hecho, los beneficios económicos, educativos, laborales o de salud no suelen ser tan generosos con este núcleo de población. Más del 25% de los hispanos son considerados pobres, con ingresos anuales de menos de 20 mil dólares; alrededor del 30% no cuenta con seguro médico, en tanto que cerca del 50% de los estudiantes apenas rebasan el nivel de secundaria.

Las razones de esta situación son muchas, pero sobre todo la serie de obstáculos que sistemáticamente, y en ocasiones con ayuda de las leyes, tienen que enfrentar miles de familias hispanas a lo largo de toda su vida.

En fin, la proyección de los especialistas es que para 2050 los hispanos ronden los 100 millones de habitantes, y tomando en cuenta que la población blanca ha dejado de reproducirse, el panorama demográfico, económico, político e incluso lingüístico será diametralmente otro. La historia del desplazamiento de las migraciones a lo largo de la existencia humana así lo ha demostrado, como algo natural de todas las sociedades, a pesar de los obstáculos, ya sean legales, bélicos o climáticos.

Por mera conveniencia política, pero sobre todo por un elemental sentido de la convivencia y la permanencia de Estados Unidos como país, sería mejor que desde ahora la sociedad estadounidense y sus autoridades aprendieran no solo a contar hispanos, sino a contar con ellos.

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