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El factor Osama

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28 de julio, 2011

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Desde el momento en que el gobierno de Estados Unidos dio a conocer que había aniquilado en Pakistán a Osama Bin

David Torres.

Laden, el mundo, a través de los medios de información, aceptó el hecho sin cuestionamientos. Y aunque persiste un halo de duda entre los más perspicaces, la forma en que se legitimó la desaparición física del líder de Al Qaeda (arrojando, según se dijo, el cadáver al mar) supuso el fin del terrorismo conceptual en el que la psique estadounidense había estado profundamente sumergida desde el 11 de septiembre de 2001.

Convenza o no a posteriori en la historia de la Historia, el significado actual de este movimiento en el ajedrez político internacional ha repercutido positivamente en las intenciones de Barack Obama de permanecer otros cuatro años al frente de la Casa Blanca, de cara a las elecciones presidenciales de 2012. El tema de la dañada economía le había venido asestando golpe tras golpe a su imagen, y no se veía salida alguna, no a la situación (que sigue igual), sino al desempeño de su función gubernamental.

¿Pero qué hace creíble, entonces, esta tercera vez que se da a conocer la “muerte” de Bin Laden? Las dos anteriores, de hecho, tampoco dejaron completamente convencida a la población mundial: una fue en diciembre de 2001 y la otra en agosto 2006, ambas menos drásticas que la del 1 de mayo pasado, pues se le habían achacado a sus males renales y al necesario sometimiento a terapias de diálisis.

El mismo entonces presidente pakistaní, Pervez Musharraf, lo había confirmado.

En todo caso, la imposición desde el poder de un hecho inverificable como el que se menciona es lo que sólo ha permitido ver, oír y callar a esta generación humana, que ha sido testigo al mismo tiempo de los niveles de importancia que adquiere una información determinada, repetida y legitimada por las grandes cadenas televisivas.

Ese mismo día, por ejemplo, se había llevado a cabo la apresurada y criticada beatificación del Papa Juan Pablo II en Roma, y es seguro que la mayoría de los periódicos del mundo llevaba en sus portadas dicho tema religioso –que hubo que cambiar necesariamente–, así como un par de días atrás la absurdamente publicitada boda real en Londres entre el príncipe Guillermo de Gales y Kate Middleton. La situación en Japón tras el tsunami, por otro lado, tampoco se había superado.

Pero el tema Bin Laden y el manejo periodístico del anuncio de su ejecución rebasó todo pronóstico. Tanto, que incluso los enemigos políticos de Obama tuvieron que darle crédito públicamente por el operativo y los detalles posteriores.

Sin embargo, en una época en que el acceso a los hechos noticiosos es más que público, sólo un grupo de privilegiados “vio” a sus anchas desde la Casa Blanca el operativo de persecución y muerte de Bin Laden. Al menos eso fue lo que se dio a conocer como verdad absoluta, momento del que solamente una fotografía con Obama y compañía se presentó al espectador.

¿Qué significa eso?: ¿Que la información no es democrática? ¿Que la democracia no es para todos? ¿Que la sociedad no tiene la suficiente madurez para “ver” también algo así? ¿Que solamente unos pueden acceder y, en función de ello, decidir como en las dictaduras qué se censura y qué no?

En fin, que queda para la posteridad el desciframiento de este fenómeno (como el asesinato de John F. Kennedy, en Dallas, o el de Luis Donaldo Colosio, en Tijuana), al mismo tiempo que su interpretación en la correlación de fuerzas políticas entre Occidente y el resto del mundo.

En lo que sí tiene una conexión inmediata es en la política doméstica estadounidense, otorgando dividendos a Barack Obama, cuya transformación de presidente pacifista en uno más bélico es cada vez más evidente, lo que le estaría allanando el camino para sus intenciones políticas en una sociedad donde la cultura de las armas está por encima del legado que podría heredar un Premio Nobel de la Paz a la historia de su país.

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