Diez personajes en busca de autor

David Torres.

Una vez que se dio a conocer el operativo de antiespionaje a través del cual fueron detenidos en Estados Unidos 10 agentes confesos que trabajaban sin permiso y que proporcionaban cierto tipo de información al gobierno ruso, los comentarios sobre esta decena de personajes ya expulsados del territorio estadounidense se diseminaron al instante y, lógicamente, de manera condenatoria.

Su valía o no estará por verse en alguna recreación novelística o cinematográfica en los próximos meses, con ese toque folklórico que implica la participación de una latinoamericana, y además periodista de un medio impreso en español de Nueva York, para más elementos del guión y de la intriga.

Llama poderosamente la atención, sin embargo, que se haya negociado un misterioso canje por cuatro espías rusos que estaban presos en cárceles de su país, y que el gobierno estadounidense ha acogido y amparado de inmediato, amén de haberse producido dicho operativo sólo días después del encuentro en la Casa Blanca entre el presidente Barack Obama y el mandatario ruso Dimitri Medvedev. ¿Qué información pueden tener estos militares para que Estados Unidos esté tan interesado en ellos? Es una pregunta cuya respuesta seguramente nunca sabremos, pero que despertará la imaginación de muchos, sobre todo de aquellos que creían acabadas las prácticas de la llamada Guerra Fría.

Mientras Hollywood se decide a sorprendernos con uno más de sus predecibles filmes de espionaje, donde insulsos émulos de Harrison Ford o Sean Connery lo pueden todo –incluso saltar de un avión a otro en pleno vuelo sin despeinarse ni producirse rasguño alguno—, es pertinente detenerse a reflexionar sobre este nuevo episodio de repercusión internacional.

Según se dio a conocer casi desde el principio de los arrestos, el domingo 28 de junio, las actividades de dichos agentes habían sido seguidas muy de cerca durante una década. Esto es, los dejaron hacer, como suele ocurrir en este tipo de “espiocracia”, como la llamaba ese gran novelista del género que fue John Le Carré, autor de innumerables obras de espionaje, entre las que destaca El espía que surgió del frío, y él mismo, curiosamente, habiendo trabajado para el espionaje británico en la medianía del siglo pasado, hasta que fue descubierto.

Diez años, ni más ni menos. De hecho, los que han transcurrido en este nuevo siglo. Y cada uno de los implicados viviendo una doble vida, algunos con nombre ficticio, como es típico en estos casos, pasando al parecer inadvertidos para la gente más cercana, incluso su propia familia: Anna Chapman, Mikhail Semenko, Christopher Metsos (prófugo), Richard y Cynthia Murphy, Michael Zottoli, Patricia Mills, Donald Heathfield, Tracey Foley, Juan Lázaro y Vicky Peláez, esta última ex columnista de El Diario La Prensa, de Nueva York.

¿Inexpertos, engañados o simplemente sorprendidos? En realidad, vigilados por el FBI, como se ha dado a conocer en los medios informativos mundiales. Pero los tiempos son también los que llaman la atención, pues si se trataba de exhibir las debilidades del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia (SVR), se ha logrado con creces. Pero por qué ahora, bajo un gobierno demócrata como el de Obama, y sobre todo cuando el mandatario, a contracorriente de quienes votaron por él con un deseo pacifista –luego de los años de la absurda guerra en Irak–, insiste en que Afganistán debe ser el objetivo militar de Estados Unidos, y cuando regímenes como el de Irán se han convertido en una especie de “piedra en el zapato” de otras potencias, incluidas Rusia y, precisamente, Estados Unidos.

El misterio que rodea este episodio real es la veta de oro de toda ficción literaria. Eso lo supieron grandes narradores como Graham Greene (Nuestro hombre en La Habana), Joseph Conrad (El agente secreto), Rafael Bernal (El complot mongol) o Tom Clancy (La caza del Octubre Rojo), entre muchos otros, que trasladaron la esencia de la intriga internacional a las páginas de sus libros, sin desmentir las prácticas del poder; antes al contrario, exponiéndolas tal cual son.

Pues bien, antes de que este nuevo capítulo en la trama inacabada del espionaje internacional sea pasada al papel o al celuloide, la atención de los observadores internacionales estará enfocada en cada uno de los pasos que den los gobiernos ruso y estadounidense en el futuro inmediato. Será en ello, precisamente, donde se decodificarán las aristas de este nuevo intercambio de espías, que nada tiene que ver con el Súper Agente 86 (Get Smart) y sí mucho con el nuevo orden mundial hacia el que se encamina esta generación humana, que ve terminar esta primera década del Siglo XXI con una recesión mundial sin fin; con ejércitos de desocupados cada vez más numerosos; con producción, venta y consumo de drogas sin precedente, así como una falta absoluta de verdaderos estadistas.

En Seis personajes en busca de autor, Luigi Pirandello hurga en los dramas personales de media docena de seres que no encuentran director para sus respectivos papeles en la vida. Y cada uno representa su propia crisis frente a un público que es, en realidad, espejo y reflejo de lo representado. Las vidas paralelas de esos diez espías expulsados a Rusia –además de los cuatro rusos intercambiados, más el que no aparece y cuya última noticia provenía de Chipre—podrían revelar más de lo que imaginamos en este coto vedado en que se ha convertido el mundo contemporáneo.

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