Cada vez más ‘ninis’

A cada generación se le ha repetido hasta el cansancio una frase que se ha convertido en un incómodo y ahora ya

David Torres.

anacrónico y cursi lugar común: “Los niños son el futuro del mundo”. La palabra futuro, en esta específica expresión, se ha utilizado siempre como esa aspiración simbólica a que las cosas mejoren y que redunden en menos violencia, más tolerancia y mejores condiciones de vida. Haciendo un breve repaso histórico, el resultado nunca ha sido el esperado para las inmensas mayorías, no importa el sistema político o económico del que se trate.

En la actualidad, los porqués básicamente tienen sus respuestas en el factor económico, diseminado en las cada vez más estrechas oportunidades de educación y, por ende, de trabajo, en un incierto y a la vez difuso mundo globalizado. En el caso de México, enfrentado ante el infinito espejo de la violencia, la cifra de los jóvenes que ni estudian ni trabajan –los llamados “ninis”—simplemente llena de alarma.

Los nuevos datos con los que el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), José Narro, refutó a las secretarías de Educación Pública y de Gobernación deberían provocar el cambio de prioridades en lo que se refiere a la atención de las juventudes. Según el académico, no son 285 mil los jóvenes que carecen de las opciones educativa y laboral en este momento, sino la exorbitante suma de siete millones.

Ese ejército sin rumbo que se ha ido formando no sólo en un país con las características del México contemporáneo, sino con paralelismos casi idénticos en prácticamente toda America Latina –y ahora cada vez más en Estados Unidos con su recesión aún sin superar–, tiende a volverse más complejo conforme avanza el problema sin ofrecerse solución alguna.

Pareciera que esa enorme cantidad de jóvenes –seguramente con talento y avidez por contribuir con su esfuerzo al desarrollo personal, familiar y social del país en el que les ha tocado vivir– no es más que una isla que flota a la deriva y a la que los sectores político o empresarial hacen caso omiso, más preocupados por conservar el puesto o el capital que por ensayar al menos las directrices de la nueva sociedad que ya requiere el Siglo XXI.

Quienes están al acecho, por supuesto, son los carteles del narcotráfico, que han ido conformando sus propias células de refuerzo al captar el interés de quienes no tienen más opciones; la última de las versiones de la delincuencia organizada es la de mujeres sicarias, cuyas características, en voz de un detenido, son muy específicas: jóvenes y atractivas. El carácter temerario, en todo caso, se los da naturalmente la serie de carencias a las que se enfrentan en su vida cotidiana; carencias que les resuelve de manera efímera su involucramiento en esa esfera del terror.

La exclusión, hay que reconocerlo, ha sido una constante en la historia humana. Continuar por esa vía no ha derivado más que en sociedades en desequilibrio permanente, realidad que a su vez se ha convertido en una aceptación casi natural o incluso lógica. Ahora que se vuelven coincidentes en su sentido negativo los diversos “futuros” de las diferentes generaciones que alguna vez escucharon en la infancia la famosa frase, cabe esperar que la crisis en que también han caído valores como la ética en la economía que nos rige no termine de erosionar los que aún permanecen como ideal de trascendencia, a saber la educación, el derecho a estar informado, el vínculo familiar y el deseo de seguir perteneciendo al quehacer de la Historia. El futuro de los “ninis”, lamentablemente, se ha adelantado.

 

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