¿Cómo evitar otra matanza?

Las señales de que Jared Lee Loughner, acusado del tiroteo del sábado pasado en Arizona, era un individuo

María Luisa Arredondo.

potencialmente peligroso fueron muchas y muy claras.

Testimonios vertidos por sus profesores, compañeros de clase y vecinos coinciden en que se trataba de un joven solitario que, poco a poco, se convirtió en una persona con una conducta cada vez más extraña, agresiva e incluso aterradora, al grado de que fue expulsado del colegio comunitario al que asistía.

Su maestro de álgebra, Ben McGahee, relató que Loughner tenía una risa histérica, sumamente rara y que, en clase, con frecuencia explotaba y exponía preguntas y argumentos sin sentido. Para McGahee, la gota que derramó el vaso de agua ocurrió cuando el estudiante de 22 años lo acusó de haber violado sus derechos de la Primera Enmienda, por lo que pidió ayuda al director. Éste decidió expulsarlo y, acto seguido, le aseguró al profesor: “No tienes qué preocuparte más por Jared”.

McGahee se liberó, efectivamente, de la amenaza inmediata que representaba Jared en su salón de clase, pero la sociedad no. Aunque muchos manifestaron su temor de que pudiera tornarse violento, ni sus padres ni ninguna de las personas que lo rodeaba, pudo prestarle ayuda para impedir que el sábado pasado disparara contra una multitud inerme y que, como resultado de ello, seis personas murieran y 14 fueran heridas, entre ellas la congresista demócrata Gabrielle Giffords.

La tragedia tiene, desde luego, muchas aristas y ha desencadenado un candente debate sobre la responsabilidad que tienen los políticos que utilizan una retórica inflamatoria para despertar el odio y la violencia en mentes enfermas como la de Loughner. También se ha abierto nuevamente la discusión sobre la fascinación de este país por las armas, la facilidad con que pueden adquirirse y la urgencia de imponer regulaciones que impidan que lleguen a las manos de criminales o desequilibrados como Jared.

A estos puntos, que sin duda deben discutirse para prevenir otra matanza como la registrada en Arizona, debería añadirse otro de importancia fundamental: el de la necesidad de aumentar los servicios de salud mental.

Debido a la crisis económica y al deficit presupuestario que enfrenta el país, los programas para atender a quienes sufren de problemas mentales se han recortado de manera alarmante. Como resultado de ello, muchos pacientes que con un tratamiento adecuado podrían ser útiles a la sociedad terminan por quedar en la calle, o, peor aún, acaban en la cárcel por los crímenes que cometieron, destruyendo sus vidas y las de quienes les rodean.

En el caso de Loughner, los medios han informado que, a raíz de la matanza, sus padres se han encerrado en su casa, incapaces de dar la cara a la sociedad porque se sienten responsables de lo ocurrido. Según dijo un vecino, la pareja se cuestiona en qué falló para criar a su hijo. Esa misma pregunta, sin embargo, también nos la deberíamos hacer cada uno de nosotros pues finalmente la responsabilidad de tragedias como la ocurrida en Arizona es de todos, como país.

María Luisa Arredondo es directora ejecutiva de Latinocalifornia.com

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